Entrevista de J. H. H. Weiler, coeditor de la International Journal of Constitutional Law y cofundador de ICON·S a Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad y Vicepresidente de la Comisión Europea. 

J. W.- Pasemos a la política exterior actual y comencemos con lo que considero el evento más importante de nuestra época actual, que es el final de los 100 años de la Pax Americana. Trump ha acentuado y exacerbado este cambio de un modo dramático, pero ya existía antes de su Presidencia. No nos equivoquemos: Estados Unidos sigue siendo una potencia formidable, pero en términos relativos su dominio y su capacidad de liderazgo económico, político y moral han disminuido considerablemente y esto queda patente en su frecuente impotencia para conformar la geopolítica de acuerdo con sus intereses. Estos últimos parecen desviarse cada vez más de los intereses que podríamos agrupar bajo el paraguas de las democracias liberales multilateralistas y, sobre todo, de Europa. Y aunque militarmente es una potencia insuperable, son muchos los que llevan algún tiempo cuestionando sus compromisos internacionales. 

  • ¿Está de acuerdo con mi afirmación sobre la Pax Americana
  • ¿Hay que repensar la relación entre Europa y Estados Unidos? ¿Cómo resolvemos el dilema que supone que no podamos hacer nada sin ellos, pero tampoco con ellos? 
  • Lo más importante en este contexto, en un mundo cada vez más polarizado, sobre todo en lo que se refiere al eje Estados Unidos-China, y cada vez más conflictivo y belicoso en cuanto a la forma de abordar los problemas mundiales es que comienza a parecerse desagradablemente a la Guerra Fría (aunque, afortunadamente, hasta ahora sin la amenaza de la destrucción mutua asegurada). 
  • En el mundo polarizado de la era de la Guerra Fría, uno recuerda el surgimiento del Grupo de los 77 (los países no alineados). ¿Cree que Europa puede desempeñar un papel en la dirección de un nuevo bloque de multilateralistas en la política mundial?
  • Por último, ¿cómo ve a Rusia en esta ecuación? 

J. B.- Estoy de acuerdo con su valoración respecto de la Pax Americana, también porque Estados Unidos han optado en los últimos años por replegarse cada vez más de su papel de liderazgo mundial. Es la primera vez que en una crisis mundial no ha habido un liderazgo de EE.UU. para afrontar la pandemia de la Covid-19. Su desvinculación de los marcos y acuerdos multilaterales –por ejemplo, la retirada de la Organización Mundial de la Salud en medio de la crisis del coronavirus, las sanciones contra miembros de la Corte Penal Internacional y, por supuesto, el abandono del PAIC (Plan de Acción Integral Conjunto) sobre el programa nuclear de Irán y el perjuicio a la acción mundial contra el cambio climático al renunciar al Acuerdo de París– son muy lamentables para nosotros los europeos.

En un mundo que se enfrenta a desafíos mundiales sin precedentes, una alianza transatlántica fuerte es más importante que nunca y nos gustaría trabajar estrechamente con nuestros amigos americanos. No cabe duda del compromiso de la Unión Europea con una asociación transatlántica eficaz, capaz de buscar soluciones conjuntas, promover los intereses compartidos y fortalecer el orden internacional basado en normas. Pero es evidente que las relaciones son más difíciles si al otro lado del Atlántico hay alguien que cree que la UE se creó para perjudicarles –lo cual me parece una interpretación completamente errónea– y toma decisiones que nos afectan sin tener en cuenta las preocupaciones y los intereses europeos.

También en relación con China y, precisamente porque estamos de acuerdo con Estados Unidos en muchos aspectos, lamentamos que los métodos escogidos últimamente en materia de política exterior estadounidense hayan tenido con frecuencia un carácter unilateral, sin consultar a la UE y, en ocasiones, perjudicando en el fondo nuestros intereses. El pasado mes de junio, propuse al secretario de Estado Mike Pompeo que estableciera un diálogo estructurado entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre China y lo pusimos en marcha a finales de octubre. 

No se trata de equidistancia, siempre estamos más cerca de Estados Unidos que de China porque compartimos el mismo sistema político y económico y una larga historia, marcada por el apoyo decisivo que los norteamericanos proporcionaron para derrotar al nazismo y la posterior ayuda para reconstruir Europa. Y hemos colaborado para construir una Europa íntegra y libre.

Somos fruto del período de la Ilustración y compartimos un sistema político: la democracia, en la que el Gobierno rinde cuentas al pueblo. En cierto modo, somos primos políticos: ambos estamos comprometidos con el pluralismo político, los derechos individuales, la libertad de prensa y el sistema de contrapoderes institucionales. En Europa y Estados Unidos las elecciones son importantes. La combinación de esta historia compartida y de valores comunes crea, a priori, una estrecha afinidad entre nosotros. Pero nuestra respectiva percepción de los intereses no siempre coincide y cada uno tiene que examinar nuestras relaciones con China desde su propia perspectiva.  

Usted dice, y con razón, que asistimos a una intensificación de las tensiones entre Estados Unidos y China, que se están enfrentado por varias cuestiones. Las posiciones se están endureciendo y aumentan los defensores de la desconexión tanto en Washington como en Pekín. Independientemente de quién gane las próximas elecciones presidenciales en EE.UU., esta rivalidad entre los dos países será probablemente el principal vector de la política mundial. 

China se afianza cada vez más en la escena internacional. Ésta era ya la tendencia antes de la crisis actual, pero la pandemia la ha acentuado. Se ha vuelto más asertiva —incluso hay quienes dicen que agresiva— en su vecindad, especialmente en el mar de la China Meridional o en la frontera con la India. Asimismo, los dirigentes chinos no han dudado en dejar de lado los compromisos internacionales con la imposición de la Ley de seguridad nacional de Hong Kong. 

En Estados Unidos, el Gobierno actual ha tomado medidas para contener a China en lo que se refiere al comercio y a la tecnología, pero también a la seguridad. De hecho, hay incluso quienes hablan de una nueva guerra fría, refiriéndose a la competencia global entre los Estados Unidos y la antigua URSS tras la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, las circunstancias son diferentes estas veces, entre otras cosas por la afortunada ausencia de la amenaza de la destrucción mutua asegurada y porque la Unión Soviética nunca fue la potencia económica en la que China se está convirtiendo hoy en día.

En ese contexto, nosotros, como UE, tenemos que formular nuestro propio enfoque y tener claro cuál es nuestra posición. En varias ocasiones, he dicho que debemos seguir nuestro propio camino y actuar de acuerdo con nuestros propios valores e intereses. Esto no significa que debamos ser equidistantes de los dos protagonistas. Como acabo de decir, en muchos aspectos fundamentales estamos más cerca de Estados Unidos. Para la UE, China es un rival estratégico, pero eso no significa que debamos embarcarnos en una rivalidad permanente. También puede ser un socio.

Europa tiene un interés duradero por colaborar con China –aun cuando resulte difícil– en una serie de cuestiones globales en las que esta última desempeña un papel fundamental. Necesariamente tiene que formar parte de soluciones globales a problemas de escala planetaria, como la lucha contra la Covid-19 o la mitigación del cambio climático. Y al contrario que en Washington, en la Unión Europea no se observa ninguna tendencia aparente hacia una rivalidad estratégica que pudiera conducir a una especie de nueva Guerra Fría, ni hacia una amplia desconexión económica.

¿Si creo que Europa puede desempeñar un papel en el liderazgo del multilateralismo en la política mundial? Absolutamente sí. Tenemos que hacerlo debido a la creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, un mundo en el que la interdependencia en general se está volviendo cada vez más conflictiva y una tendencia más generalizada a la competencia entre países y sistemas (en particular, con algunos de nuestros vecinos, como Rusia y Turquía, que parece que quieren volver a una lógica de imperios). Se nos pide que lo hagamos. Y para ello, la unidad es más necesaria que nunca.

Mientras el mundo se ha vuelto más multipolar, el multilateralismo se ha debilitado. Nunca ha sido tan alta la demanda de multilateralismo y tan escasa la oferta. Vemos la creciente parálisis del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la profunda crisis de la Organización Mundial del Comercio o, más recientemente, la de la Organización Mundial de la Salud, precisamente en un momento en el que los problemas mundiales, en especial la crisis climática o las cuestiones sanitarias, son cada vez más graves. 

Se puede decir que Europa está relativamente sola tratando de sostener el multilateralismo. Y, de hecho, muchos ciudadanos –en Europa, pero también en todo el mundo– nos miran como un líder sólido para defenderlo. La UE tiene un gran interés en mantener y desarrollar un orden internacional basado en normas en el marco de un multilateralismo eficaz, aunque otros intenten claramente debilitarlo. 

Los europeos tienen la impresión de que viven en un mundo cada vez más peligroso e impredecible. Deben tener la seguridad de que podemos ofrecer una respuesta europea útil y sólida, también habida cuenta del surgimiento de poderes autoritarios. Nosotros, como europeos, tenemos que hacerlo a nuestra manera, con todos los desafíos que esto conlleva. La manera europea incluye, sin duda, trabajar con socios afines (y hay muchos) con el fin de mantener la estabilidad del sistema multilateral, como un espacio necesario para la cooperación.

Para nosotros, el papel del multilateralismo sigue siendo el mismo: establecer condiciones de competencia equitativa entre los estados, independientemente de su posición en el sistema internacional. Su interés más importante consiste en establecer normas y estándares estables, aplicables a todos los actores. El multilateralismo es necesario para garantizar la protección de los bienes públicos mundiales contra el riesgo que suponen los planteamientos puramente de mercado o nacionales. El coronavirus es una buena ocasión para poner a prueba la solidaridad internacional y la capacidad de actuar de manera multilateral. Y nosotros, los europeos, hemos hecho mucho para evitar el nacionalismo en torno a la vacuna y para considerarla un bien público que sólo se puede proporcionar mediante un planteamiento multilateral.

La respuesta europea a los desafíos que afrontamos en la actualidad sigue siendo, en su esencia, multilateral. Somos multilateralistas por naturaleza y siempre hemos considerado el multilateralismo como una forma de templar la política del poder. De hecho, como dije anteriormente, la Unión Europea se basó en el rechazo de la idea misma de poder, por la que sufrimos demasiado. Y nuestra contribución financiera al sistema multilateral es considerable. Quizás, a veces no hacemos valer nuestro peso, pero en términos de compromiso multilateral no cabe duda de que financiamos por encima de nuestras posibilidades.

Tenemos que seguir afirmando los principios y normas universales. Debemos continuar su defensa frente al auge del relativismo cultural o político. Somos testigos del intento de un buen número de países de restablecer un relativismo de los derechos con la excusa del respeto de la diversidad y tenemos que invertir políticamente en todos los foros relacionados con los derechos humanos, en particular cuando esos derechos se ponen en entredicho a través de las nuevas tecnologías; y ya sabe a qué me refiero.

Y a la hora de reunir a los estados afines, a aquéllos que comparten intereses y preferencias comunes sobre la forma de organizar el sistema internacional, no podemos reunir a todos para todo. Tenemos que empezar reuniendo a quienes, a nivel geoestratégico, les preocupa en la actualidad la rivalidad chino-estadounidense y el riesgo que supone para terceros países y, en particular, para nosotros. Es importante que unamos fuerzas y formulemos propuestas comunes en todos los sectores en los que no exista un acuerdo multilateral sólido: inteligencia artificial, cibernética, desinformación o datos de internet. En todos estos ámbitos del futuro, ya sea la cibernética o la inteligencia artificial, existe un vacío normativo que hay que llenar; de lo contrario, todos defenderán sus estrechos intereses e impondrán sus normas.

Por último, para rehabilitar el multilateralismo debemos organizar una regulación global tema por tema. En todas las cuestiones pertinentes, es necesario crear coaliciones específicas sobre una base que no sea multilateral, sino plurilateral. Es lo que ocurre hoy en día en el marco de la Organización Mundial del Comercio. Y es evidente que estas nuevas modalidades de multilateralismo presuponen un compromiso político y buena fe, lo que no siempre ocurre.

Los europeos tenemos que trabajar en dos frentes. Tenemos que desarrollar nuestro liderazgo mediante la promoción del multilateralismo y el desarrollo de nuevas asociaciones y, al mismo tiempo, aumentar nuestra autonomía estratégica. Son las dos caras de una misma moneda. 

J.W.- Usted ha afirmado antes: «¿Si creo que Europa puede desempeñar un papel en el liderazgo del multilateralismo en la política mundial? Absolutamente sí». ¿Prevé un enfoque institucional, la creación de un bloque multilateralista en la política mundial, liderado por Europa, o se trataría de una evolución orgánica? 

J. B.- La creación de la mayoría de las instituciones multilaterales tal y como existen hoy en día se remonta al período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, el mundo ha cambiado profundamente, los equilibrios geopolíticos, económicos y políticos se han modificado y China y otros países tienen razón cuando consideran que las instituciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial no reflejan los equilibrios geopolíticos actuales. Además, han surgido desafíos mundiales muy nuevos, como la crisis ecológica y la revolución digital. 

En la actualidad, se cuestiona con frecuencia la eficacia del sistema multilateral y de sus instituciones. Ya sea en el ámbito del cambio climático o del control de las armas, o bien en el de la seguridad marítima o los derechos humanos, y en muchos más, se ha debilitado la cooperación mundial, se han abandonado acuerdos internacionales y se ha minado, o aplicado de manera selectiva, el Derecho internacional. Mucho de lo que hemos construido en las últimas décadas necesita revisión y reformas. 

¿Significa esto que hay que hacer borrón y cuenta nueva respecto del pasado para empezar de nuevo? No lo creo. A pesar de sus muchas debilidades, el multilateralismo de la posguerra ha producido muchos resultados significativos en términos de paz, lucha contra el hambre y la pobreza, estabilidad y progreso general. Debemos aprovechar sus logros para pasar a la siguiente etapa. 

Un mundo regido por normas acordadas es la base de nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestras libertades compartidas. Un orden internacional basado en normas hace que los estados sean seguros, que las personas sean libres y que las empresas quieran invertir, y garantiza la protección del medio ambiente.

Estoy convencido de que Europa debe desempeñar un papel central en la remodelación y mejora de nuestro orden internacional basado en normas. Debemos revitalizar el sistema, no abandonarlo. En esto, defendemos el espíritu de Naciones Unidas. Un mundo sin Naciones Unidas nos pondría a todos en peligro.

J. W.- Pasemos a Oriente Medio. Sería grosero no dar la bienvenida a los nuevos acuerdos de normalización firmados entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos. Pero, al mismo tiempo, este acuerdo no sólo no ha resuelto el problema palestino, sino que, en opinión de muchos, puede incluso exacerbarlo. En este escenario se ha criticado a Europa por su incapacidad o su falta de disposición a ejercer toda su influencia más allá de las míticas declaraciones, dejando el espacio a Estados Unidos que, bajo Obama, dio la espalda al problema y mostró su impotencia en algunos aspectos y, bajo Trump, han sido muchos los que han declarado el acuerdo del siglo muerto nada más nacer. 

Aunque imaginemos una Europa unida y decidida, ¿cree usted que existe una posible estrategia europea constructiva para este problema? 

Incluso entre prominentes palomas israelíes cada vez está más extendida la opinión de que, habida cuenta de los cambios demográficos (un eufemismo para los asentamientos), la solución de dos estados ya no es viable. ¿Tiene usted una opinión al respecto? 

¿Ha reconsiderado el embrollo de Irán, que parece dirigirse hacia una nueva crisis? 

J. B.- Para muchos de nosotros en Europa, la relación con Israel y Palestina es bastante personal. Para mí, por ejemplo, es una vieja relación. Después de terminar la universidad en 1969, trabajé en un kibutz cuando el Estado de Israel todavía se estaba construyendo a sí mismo. Viajé por todo el país y los Territorios Palestinos Ocupados, desde los Altos del Golán, Galilea, Hebrón hasta Eilat, y conocí a mi primera esposa en el kibutz Gal On el mismo día en que Estados Unidos aterrizó en la Luna, aunque no era judía sino una estudiante francesa. Ése fue mi primer contacto con el conflicto entre israelíes y palestinos que aún perdura.

Como europeo, me recordó la naturaleza a menudo trágica de la historia humana y la necesidad de buscar soluciones pacíficas a los conflictos. Mi familia y yo regresamos muchas veces y, en 2005, hablé ante la Knéset como presidente del Parlamento Europeo, recordando el compromiso de la UE con la seguridad de Israel tras la segunda intifada. En esos momentos, todavía existía un sentimiento compartido de esperanza de que, a pesar de los reveses, se podía lograr la solución de dos estados. Pero no fue así y, en lugar de celebrar la paz, fui testigo del bombardeo masivo de Gaza y de las terribles condiciones de vida de sus habitantes. 

La UE y sus estados miembros, hemos sido siempre muy activos a la hora de apoyar los esfuerzos de las dos partes para lograr una solución. Ayudamos a desarrollar las instituciones palestinas para preparar la creación de un Estado, con un apoyo financiero que ahora alcanza más de 600 millones de euros al año.

También comprendemos las preocupaciones israelíes y estamos comprometidos con su seguridad, que para nosotros no es negociable. La UE invierte en una cooperación que beneficia a ambas partes, en cuestiones que van desde la lucha contra el terrorismo hasta la investigación, desde el turismo hasta el medio ambiente. Debiéramos buscar formas de fomentar esto y desarrollar aún más nuestras relaciones.

Una vez que el proceso político se paralizó, el conflicto y la consolidación de la ocupación pasaron a formar parte de la vida cotidiana. En los últimos años, se han producido pocos avances o ninguno. Pero la situación actual no ofrece respuestas satisfactorias y no es sostenible. La dura verdad es que sólo un retorno a negociaciones reales puede ofrecer a israelíes y palestinos aquello que con todo derecho anhelan: la paz y la seguridad duraderas.

Para nosotros, en Europa, resulta doloroso observar que está en peligro la perspectiva de la solución de dos estados, la única manera realista y sostenible de poner fin a este conflicto. Las perspectivas de anexión, afortunadamente bloqueadas por el momento pero que aún no están definitivamente abandonadas, significarían el fin de esta solución. Para nosotros, la anexión violaría el Derecho internacional y estamos utilizando todas las oportunidades que se nos presentan con el Gobierno israelí para explicárselo con un espíritu de amistad.

La anexión afectaría no sólo a los palestinos, sino también a los israelíes, a la vecindad más amplia e incluso a nosotros. Toda violación del Derecho internacional, en particular cuando implica la anexión de territorios, tiene consecuencias para el orden internacional basado en normas; por tanto, también puede afectar negativamente a otras zonas de conflicto.

La anexión no es la manera de construir la paz con los palestinos ni de mejorar la seguridad de Israel. No fortalecerá el proceso de negociación, como algunos han sugerido. Las negociaciones deben comenzar sobre la base de los parámetros internacionales, y desarrollarse a partir de éstos. ¿Está Israel en condiciones de asumir la responsabilidad de millones de palestinos que viven en Cisjordania con todas las consecuencias políticas y sociales? En resumen, no sólo no resolvería ningún problema, sino que crearía más, en particular en lo que se refiere a la seguridad.

Por último, ni los palestinos ni los israelíes se van a ir a otra parte; por tanto, deben encontrar una manera de lograr la paz entre ellos. Y existen ejemplos de cooperación entre las dos partes, que se deberían elogiar e intensificar, y no menoscabar. En el debate internacional sobre la cuestión, un número creciente de personalidades y organizaciones judías importantes también han expresado este punto de vista.

La paz no se puede imponer, se debe negociar, independientemente de lo difícil que pueda ser. La paz también puede ofrecer nuevas posibilidades para que las relaciones entre la UE e Israel sigan creciendo, lo cual es prioritario para la Unión y debería ser el elemento central de nuestros esfuerzos. Existe un vínculo fuerte entre Israel y Europa y queremos reforzarlo y profundizar aún más en nuestras relaciones, no ver cómo se debilitan. 

En cuanto a Irán, el Plan de Acción Integral conjunto (Paic), concluido hace cinco años, está en una situación crítica tras el restablecimiento de las sanciones por parte de Estados Unidos y el retorno de Irán a las actividades de enriquecimiento. Sin este acuerdo, Irán ya habría desarrollado armas nucleares, añadiendo así otra fuente de inestabilidad a una región volátil. Antes de que se desperdicien dos décadas de diplomacia, todas las partes involucradas deben alejarse del precipicio.

Actualmente, el Paic es objeto de una gran presión en varios frentes. Tengo el convencimiento de que la acción para preservarlo no sólo es necesaria, sino urgente; al menos por dos razones. En primer lugar, fueron necesarios más de 12 años para que la comunidad internacional e Irán resolvieran sus diferencias y concluyeran un acuerdo. Si desaparece el Paic, no habrá ninguna otra alternativa global o eficaz esperando a la vuelta de la esquina.

Las preocupaciones de la comunidad internacional respecto al programa nuclear iraní vienen de lejos. Las conversaciones para sentar las bases de una solución negociada se iniciaron en 2003 a iniciativa de los ministros de Asuntos de Exteriores alemán, francés y británico, a quienes pronto se sumó el entonces alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Javier Solana. Él y sus sucesoras, Catherine Ashton y Federica Mogherini, siempre mantuvieron la puerta abierta a una solución diplomática. Y después de muchas vicisitudes, el Paic se convirtió finalmente en una realidad.

Sin perseverancia diplomática, el acuerdo no habría sido posible. Se requería la plena aceptación no sólo de Estados Unidos, sino también de Rusia, China y, por supuesto, de Irán. El acuerdo final era sólido. En más de 100 páginas y con varios anexos, establecía todos los pormenores para una clara contrapartida: Irán respetaría estrictas limitaciones en su programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones económicas y financieras relacionadas con el ámbito nuclear.

El Paic está consagrado en el Derecho internacional mediante la Resolución 2231 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de plena aplicación. Constituye un excelente ejemplo de lo que la diplomacia europea y un multilateralismo eficaz pueden lograr en el marco del orden internacional basado en normas. Pero el proceso que lo precedió fue largo y difícil, lo cual excluye en la práctica que haya otra posibilidad de acuerdo.

En segundo lugar, el Paic no es un mero éxito simbólico. Ha cumplido las expectativas y ha demostrado su efectividad. Gracias al nivel de acceso sin precedentes previsto para el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), éste pudo confirmar en 15 informes de seguimiento consecutivos, entre enero de 2016 y junio de 2019, que Irán había cumplido todas sus obligaciones derivadas del acuerdo.

Así pues, Europa y otros socios levantaron las sanciones, tal y como se especificaba en el mismo. Se puso fin al aislamiento internacional de Irán y se crearon las condiciones necesarias para restablecer la normalidad en las relaciones económicas y comerciales del país con el resto del mundo. En mayo de 2018, sin embargo, Estados Unidos decidió retirarse del Paic y reactivar las sanciones en el marco de una nueva estrategia de presión máxima.

A pesar de que la reactivación de las sanciones estadounidenses tuvo efectos negativos claros en la economía y la población de Irán, este país mantuvo su adhesión al acuerdo durante otros 14 meses más. Pero ahora Irán está acumulando de nuevo niveles preocupantes de uranio enriquecido y adquiriendo nuevos conocimientos en materia nuclear. El Paic se está debilitando aún más y vuelven a aflorar los temores del pasado. 

En el mes de enero, Alemania, Francia y el Reino Unido expresaron formalmente su preocupación por la reanudación de las actividades de enriquecimiento de Irán y le instaron a retomar el pleno cumplimiento. También Irán manifestó, por su parte, su preocupación por no haber recibido los esperados beneficios económicos del levantamiento de las sanciones.

En mi calidad de coordinador actual del Paic, seguiré trabajando con el resto de los participantes en el acuerdo, así como con toda la comunidad internacional. Haremos todo lo posible para preservar lo que logramos hace cinco años y velar por que el acuerdo siga siendo efectivo.

Es importante recordar que el programa nuclear iraní continúa bajo control estricto y se comprueba constantemente su carácter pacífico. Gracias al régimen de inspecciones del OIEA seguimos teniendo un gran conocimiento sobre el programa nuclear iraní, incluso en las actuales circunstancias. Si, no obstante, el acuerdo desapareciera, perderíamos esa perspectiva y retrocederíamos dos décadas.

Creo firmemente que el Paic se ha convertido en un componente clave de la arquitectura mundial para la no proliferación, por lo que reitero mi llamamiento a todas las partes para que sigan comprometidas con su plena aplicación. Irán, por su parte, debe volver al cumplimiento pleno de sus obligaciones en materia nuclear; pero también debe poder aprovecharse de los beneficios económicos previstos en el pacto. Las sanciones extraterritoriales de Estados Unidos han disuadido a la mayoría de las empresas europeas de participar en el comercio y las inversiones con Irán. Hemos creado un mecanismo, Instex, para proteger a las empresas europeas de estas sanciones estadounidenses, pero sin resultados suficientes para satisfacer las expectativas iraníes de un comercio legítimo.

Debemos volver a una dinámica más positiva. Cuando llegue el momento, tenemos que estar preparados para consolidar el acuerdo. La UE está preparada, pero el primer paso es proteger el acuerdo nuclear con Irán tal cual, en su integridad, y que todas las partes cumplan plenamente sus obligaciones.

J. W- Llegamos finalmente a la Covid-19, que acaba de añadir más complejidad a todos los temas tratados hasta ahora. 

Permítame comenzar con lo prosaico: ¿hasta qué punto la Covid-19 ha obstaculizado realmente, desde un punto de vista operativo, la capacidad de la Comisión en general y del Servicio de Acción exterior en particular, para llevar a cabo sus tareas de una manera efectiva? 

A fin de cuentas, a pesar de todos los interrogantes pendientes y las cuestiones no resueltas, Europa se enfrentó al reto y, con los correspondientes rituales habituales de reuniones nocturnas y retrasos en los plazos, elaboró un paquete que no sólo era respetable, sino que abrió nuevos caminos para afrontar este profundo y duradero problema estructural que representa el desajuste entre las responsabilidades de la Unión y las expectativas depositadas en ella, así como sus propios recursos para gestionarlas. Para algunos, el acuerdo fue demasiado lejos y, para otros, no lo suficiente, pero la creencia general es que el fracaso habría provocado una crisis de confianza sin precedentes. Pero el proceso mostró (y tal vez acentuó) algunos problemas profundos inquietantes. Desde mi punto de vista, el primero de ellos fue una dolorosa demostración del fracaso del proyecto de ciudadanía. La solidaridad mostrada se produjo a nivel intergubernamental. A nivel popular, cuando la Covid-19 golpeó nos convertimos repentinamente en, digamos, franceses y españoles (‘este medicamento es mío’ o ‘por qué debería pagar por su desgracia’) y no en ciudadanos europeos con un sentimiento profundo de empatía y solidaridad que, normalmente, cabría esperar de los ciudadanos de una organización política. ¿Está de acuerdo?  

Y de la misma manera, la brecha entre las competencias monetarias y la impotencia fiscal quedó al descubierto como nunca antes. Existen límites sobre hasta dónde se puede empujar al Banco Central Europeo sin que, finalmente, su credibilidad y legitimidad se vean comprometidas. ¿Puede imaginar un escenario que rompería el tabú de la fiscalidad europea? 

Y, por supuesto, ¿qué ‘moralejas’ diría que fueron las más importantes de la crisis de la Covid-19 para el escenario geopolítico? 

J. B.- Para empezar con la pregunta sobre cómo la pandemia ha cambiado la forma en que trabajamos: debo admitir que estoy muy cansado de las interminables videoconferencias y las muchas dificultades que esto conlleva. Por supuesto, las técnicas (¿Puede oírme…?Por favor, desactive el micrófono…Lo siento, hemos perdido la conexión…) y, más en serio, por supuesto, la ausencia importante de un elemento central de la diplomacia y de la negociación, la reflexión y el debate: sentarse juntos en una sala y alrededor de una mesa, mirarse a los ojos cuando se debaten asuntos serios y encontrar un espacio para el debate de ideas y no hablar con todos al mismo tiempo.

Con respecto a las moralejas de la crisis de la Covid-19 y el escenario geopolítico, hay muchas, por supuesto. Algunas están muy claras y otras permanecen abiertas. En general, no hay duda de que está conformando nuestro mundo. Aún no sabemos cuándo acabará la crisis, pero podemos estar seguros de que para cuando lo haga, nuestro mundo será muy diferente y, probablemente, no para mejor.

Se trata de una crisis global que crea olas que afectan a todos los aspectos de la vida, con consecuencias para la salud, la economía, la seguridad, el estrés social y el malestar político. El impacto será muy asimétrico y la crisis acelera y magnifica lo que ya veíamos que sucedía antes, y lo hace principalmente en tres niveles.

En primer lugar, el orden liderado por Occidente en crisis. Como ya he mencionado, el actual Gobierno estadounidense básicamente se ha retirado del orden mundial a cuya construcción había contribuido Estados Unidos. Es la primera gran crisis mundial en la que este país no está a la cabeza y China, por su parte, no sólo es cada vez más asertiva, sino también nacionalista. Ciertamente, es un factor real de poder global, pero transaccional y deficitario en lo que se refiere a un poder blando genuino.

En segundo lugar, tenemos esta verdadera crisis del multilateralismo: el G-7 y el G-20 están ausentes; el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas está paralizado y muchas organizaciones técnicas se han convertido en espacios en los que los países compiten por la influencia. ¿El resultado? En un mundo más multipolar que multilateral, vemos desigualdades y divergencias crecientes, tanto en Europa como a nivel mundial.

En tercer lugar, la capacidad de los países para afrontar los desafíos que plantea la pandemia es muy diferente. A escala internacional, observamos las tensiones entre el respeto por la Ciencia y la elaboración de políticas basadas en datos contrastados, por un lado, y el continuo recurso al nacionalismo y a las políticas autoritarias, por otro. 

Ninguna de estas tendencias es nueva en sí misma. Es la combinación de todas ellas lo que hace que la situación sea tan difícil. Cualquier diagnóstico debe ser serio y realista. Pero también debemos evitar el fatalismo y la parálisis. Nuestro legado dependerá de nuestra capacidad para garantizar la recuperación socioeconómica de la crisis actual de la Covid-19 y para proyectar un papel más eficaz de Europa en el mundo. Persevero en este objetivo ayudando a aprovechar el potencial que encierran los instrumentos de la Comisión y el SEAE con las acciones conjuntas de los estados miembros en el seno el Consejo.

La Unión Europea se ha visto muy afectada por la crisis de la Covid-19. Al principio, se encontró con serias dificultades para coordinar las respuestas sanitarias de sus estados miembros. Varios de ellos, Italia y España en particular, están entre los más afectados del mundo. No obstante, las firmes medidas adoptadas posteriormente en el marco de la Unión Europea han aumentado su resiliencia y han proporcionado nuevos instrumentos, aunque en realidad estamos sufriendo una segunda ola de la pandemia. El modelo social europeo ha demostrado que está bien adaptado para afrontar este tipo de crisis, tanto en términos sanitarios como económicos, gracias a sus sistemas de seguridad social, que son los más desarrollados del mundo: ha permitido atender a toda la población europea preservando, al mismo tiempo, los ingresos y los puestos de trabajo de la mayoría de los europeos. En materia de política monetaria y presupuestaria, Europa ha reaccionado con mucha más rapidez y fuerza que en crisis anteriores. 

Sin embargo, la crisis sanitaria y económica ha afectado a los diferentes países de la Unión de formas muy diferentes. Y muchos de los más afectados también se encontraban entre los países que ya habían resultado más duramente golpeados durante la crisis de 2008 y sus rebrotes. En muchos casos, todavía no se habían recuperado plenamente y, en particular, habían acumulado una gran deuda pública, lo cual limitaba su capacidad para responder a la crisis. La política monetaria, por su propia naturaleza, no permite un tratamiento diferenciado de los diferentes países de la zona euro. Por consiguiente, la crisis actual corría el riesgo de ampliar aún más las brechas dentro de la UE y de la eurozona

Por ello, era esencial establecer transferencias para apoyar en particular a los países más afectados. Esto es lo que propuso la Comisión, tras la iniciativa de Angela Merkel y Emmanuel Macron de mayo pasado, con el Instrumento Europeo de Recuperación (Next Generation EU), aprobado por el Consejo Europeo en julio pasado. 

Hay que reconocer que el volumen de estas transferencias se ha reducido algo como consecuencia de unas negociaciones difíciles. El presupuesto europeo se ha recortado en algunas partidas importantes para el futuro y para que el acuerdo entre en vigor aún debe ser aprobado por el Parlamento Europeo y ratificado por los 27 parlamentos nacionales. En particular, están pendientes de resolver la cuestión de la condicionalidad asociada al respeto del Estado de derecho y la cuestión de los recursos propios para permitir el reembolso de los préstamos conjuntos. 

No obstante, aunque sea imperfecto, este plan de recuperación rompe algunos tabúes importantes. En primer lugar, permite a la Unión asumir niveles significativos de deuda en los mercados financieros (750.000 millones de euros, seis puntos del PIB de la Unión) y organiza importantes transferencias financieras entre países (390.000 millones de euros). Por tanto, está empezando a solucionar las deficiencias peligrosas que todavía existían en la arquitectura de la construcción europea, aunque algunas ya se habían subsanado tras la crisis de 2008-2010.

Si Europa continúa con la dinámica de reforzar su solidaridad y cohesión interna iniciada con este plan de recuperación, podría, en particular, encontrarse por primera vez en una posición mejor que la de Estados Unidos al final de una crisis. 

Sin embargo, esto impone una gran responsabilidad a Europa. En primer lugar, debe contribuir a movilizar a los países más ricos para ayudar a los del sur que cuentan con menos medios para superar esta crisis. No se trata sólo de una cuestión de solidaridad; también de un interés propio bien entendido: si los europeos consiguen encontrar los medios para afrontar la crisis en el plano interno, pero a los países circundantes les desestabiliza gravemente, inevitablemente Europa terminará también desestabilizándose. Esto implicaría gestionar la deuda externa de esos países e intensificar los esfuerzos de reestructuración y condonación que ya están en marcha. Quienes, entre China, Estados Unidos y Europa, sean los más proactivos en este ámbito en las circunstancias actuales, se apuntarán un tanto para el período posterior a la crisis. 

Corresponde a Europa movilizar a otras democracias para defender y promover los derechos humanos fundamentales y los valores democráticos en la escena internacional. Ya sea en Hong Kong, Sudán o Bielorrusia, los acontecimientos de los últimos meses han confirmado, por si había alguna necesidad de ello, cuán universales siguen siendo estas aspiraciones y cuántas personas de todos los continentes que se ven privadas de sus derechos aspiran a ellos tan pronto como logran liberarse del peso de la represión. Por supuesto, esto implica buscar el diálogo con Estados Unidos con el fin de reducir la tentación del aislacionismo, pero también colaborar más estrechamente con Japón, Corea del Sur, Canadá, México o Australia.

Esta nueva movilización de las democracias debe tener por objeto defender y promover un multilateralismo renovado, adaptado al mundo del siglo XXI y a sus retos. La pandemia de la Covid-19 ha demostrado que, más que nunca, necesitamos este tipo de multilateralismo: mientras no dispongamos de una vacuna, únicamente podremos controlar esta enfermedad si se mantiene a raya en todas partes. De lo contrario, siempre tendremos la amenaza del retorno de la pandemia. 

Esta crisis también ha demostrado cómo nos hemos vuelto totalmente interdependientes. Asimismo, necesitamos urgentemente reconstruir el multilateralismo en este ámbito mediante la reforma de la Organización Mundial del Comercio. 

Por último, la crisis actual no debe hacernos olvidar la gravedad de la amenaza que representan las crisis ambientales, ya sea el cambio climático o la pérdida de biodiversidad, para el futuro de la humanidad. Y podemos estar seguros de que, en lo que respecta al cambio climático, no va a haber ninguna vacuna que nos proteja contra el aumento de las temperaturas. Tenemos que aplanar la curva de las infecciones, pero también la curva de las emisiones. Para ello, necesitamos una acción mundial firme y estrechamente coordinada decidida en un marco multilateral. Incluso si la UE lograra eliminar sus emisiones por completo, el problema seguiría sin resolverse, ya que la Unión Europea es únicamente responsable del 7 % de la emisión mundial de gases de efecto invernadero. 

J. W.- Detrás del AR/VP también está Josep Borrell, la persona. ¿Compartiría con nuestros lectores su: ¿autor o libro favorito? 

J. B.- ¿Sólo uno? Eso es imposible. Leo mucho y con pasión. Tengo muchos autores y libros favoritos, sobre todo de no ficción. Pero permítame intentar mencionar algunos favoritos, al menos en cuanto a novelas. Me gustan mucho las históricas, como por ejemplo Inés del alma mía, de Isabel Allende, la trilogía de William Ospina El país de la canela y, por supuesto, Gabriel García Márquez. Entre las grandes obras que son importantes para mí se encuentran los libros de Stefan Zweig El mundo de ayer y Momentos estelares de la humanidad, que de alguna manera fueron mi primera lectura sobre la política y los acontecimientos mundiales cuando tenía solo 15 años. Más recientemente, he disfrutado con la lectura de La caída de los gigantes, de Ken Follett. 

J. W.- ¿Su lugar de vacaciones favorito? 

J. B.-Mi pequeña casa en los Pirineos, en el valle de Bohí-Taüll, donde hay muchas iglesias del siglo XI que han sido declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco. Apenas poblado, con maravillosas montañas que con frecuencia están nevadas y hermosos colores otoñales. Es el lugar perfecto para practicar mi afición por el senderismo.    

J. W.- ¿Su plato favorito?

J. B.- Tengo que admitir que no soy ni un gran cocinero ni un verdadero gourmet, y que soy bastante fácil de satisfacer cuando se trata de comida. Sin embargo, entre mis favoritos está un plato frío que es pan tostado con tomate y jamón, al estilo catalán: me refiero al pa amb tomàquet. Un plato caliente que me gusta son los espaguetis con huevos fritos, que también es algo que puedo preparar bastante bien yo mismo y que forma parte de mi autonomía estratégica.

J. W.- Gracias. 

(Esta entrevista, en su versión íntegra en español ha sido publicada por Agenda Pública el pasado sábado 31 de octubre de 2020 “Borrell «EUROPA DEBE APRENDER RÁPIDAMENTE A HABLAR EL LENGUAJE DEL PODER»”).

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