Reconocer la trascendencia del doctor Héctor Fix-Zamudio y rendir un pequeño homenaje a la vida y obra ejemplar de uno de los más connotados juristas mexicanos de todos los tiempos es el doble objetivo de esta breve contribución. 

El querido y admirado maestro Fix —como le decimos todos los que lo conocimos y muy en especial sus discípulos— fue M-A-E-S-T-R-O con todas sus letras en mayúsculas y en toda la extensión de la palabra: un maestro de vida. 

De un lado, en lo profesional, al crear las condiciones para que ahora varias generaciones nos podamos dedicar a la academia (docencia e investigación), y al abrir gran variedad de líneas de investigación, de las cuales su nombre es sinónimo: el amparo, el derecho constitucional mexicano, el derecho procesal constitucional, la metodología de la investigación y de la enseñanza, los derechos humanos… Del otro, en lo personal, por su afabilidad y bondad, generosidad, humildad y gran sentido del humor, por mencionar algunas de las que me vienen primero a la mente.

Nació en la Ciudad de México, el 4 de septiembre de 1924, y murió, a los 96 años, también en la Ciudad de los Palacios, el pasado 27 de enero de 2021, después de una vida plena y muy fructífera tanto en lo personal como en lo profesional. Con su amada (María Cristina Fierro) engendró cuatro hijos (Héctor Felipe, María Cristina, Carlos Enrique e Imelda). Tras los muy sensibles fallecimientos de su esposa, de sus dos hijos varones, y de un yerno (Víctor), le sobreviven sus dos hijas y nueras (Jacqueline y Belén), nietos (Fabián, Markel, Adrián y Héctor Daniel), nietas (Valentina y Verena), su hermana (Margarita), muchos miembros de su otra familia (los Fierro) y varios cientos de discípulos, colegas y amigos (les ofrezco disculpas por no poder mencionar a nadie). En su también amada alma máter gestó más de una veintena de libros originales y varios cientos de artículos, capítulos de libros y ponencias, publicados en revistas especializadas de México y del extranjero, editoriales reconocidas, así como en memorias de congresos nacionales e internacionales.

Realizó sus estudios de licenciatura y doctorado en derecho en la otrora Escuela Nacional de Jurisprudencia, ahora Facultad de Derecho, de la Universidad Nacional Autónoma de México. En su examen profesional (1956), el jurado le otorgó la mención honorífica; y en su examen de doctorado (1972) recibió la mención Magna Cum Laude. Entre sus profesores recordaba con mucho cariño a Eduardo García Máynez, Antonio Martínez Báez, y muy en especial a Niceto Alcalá Zamora y Castillo, el gran procesalista transterrado español, a quien consideraba como “su” maestro y quien influiría en su decisión de renunciar a una prometedora carrera judicial y tomar la alternativa para optar por la académica.

Como es sabido, cuando aún cursaba la licenciatura, ingresó, en 1945, al Poder Judicial de la Federación, como auxiliar en la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y llegó a ser Secretario de Estudio y Cuenta del Pleno de la misma Suprema Corte. Después de 19 años, renunció para incorporarse en 1964 como investigador de tiempo completo en el entonces Instituto de Derecho Comparado, al cual estaría vinculado desde 1957 como investigador a contrato y del cual sería designado director para un primer período (1966-1972). Y, a partir de la reordenación al interior de la UNAM de los Institutos y del subsecuente cambio de denominación en 1967 a Instituto de Investigaciones Jurídicas, fue nombrado para un segundo período (1972-1978). 

En apenas doce años, bajo su conducción, la planta de investigadores creció notablemente de tan solo cuatro investigadores de tiempo completo a veintisiete, i.e. un aumento de prácticamente el 600%. Al mismo tiempo, el crecimiento del prestigio y reconocimiento nacional e internacional del Instituto tanto por la calidad y cantidad de la investigación realizada como por su liderazgo académico y moral sería exponencial. Por eso no es nada extraño que alguien afirme “el maestro es jurídicas”. Sin duda, él le dio la mística que nos hace sentir orgullosos de pertenecer al más grande instituto de investigaciones jurídicas del país, de la región y sin ser presuntuoso del mundo.

Constructor de instituciones, dentro y fuera de la UNAM, junto a Jorge Carpizo y Diego Valadés, fundaría el Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional, del cual sería su presidente desde su fundación en 1974 hasta 2002, en el cual fue nombrado Presidente Honorario, y ciertamente le es atribuible la autoría intelectual de la Defensoría de los Derechos Universitarios y de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, entre otras. De igual forma, fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio Nacional, así como de la Subcomisión de Prevención de Discriminaciones y Protección de Minorías de las Naciones Unidas, en Ginebra, Suiza; y, presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos con sede en la ciudad de San José, Costa Rica.

Su docencia la realizó principalmente en la Facultad de Derecho de la UNAM y dictó cátedras, cursillos y conferencias magistrales en las principales universidades públicas y privadas de Iberoamérica, desde la Universidad de Buenos Aires en Argentina, la Universidad Externado de Colombia, la de San Carlos de Guatemala, la de San Marcos de Lima en Perú, hasta la Universidad Complutense de Madrid, entre otras muchas más, de las cuales recibió por sus contribuciones varios doctorados honoris causa y en las cuales tuvo —y todavía tiene— infinidad de amigos, colegas, y discípulos. Cabe recordar que para celebrar sus cincuenta años de vida académica el IIJ-UNAM publicó como homenaje una docena de volúmenes con 437 estudios de investigadores procedentes de 37 países.

Además, fue distinguido con innumerables reconocimientos y premios nacionales e internacionales, tanto en el ámbito académico y de la investigación, entre los que destacan: el Premio Anual de la Academia de la Investigación Científica (1963); el Premio Nacional de Historia, Filosofía y Ciencias Sociales (1982); el Premio UNESCO de Enseñanza de los Derechos Humanos (1986); el Premio Universidad Nacional (1991); el Premio Nacional de Jurisprudencia (1994); y la Medalla Belisario Domínguez del Senado de la República (2002). Es más, apenas en la sesión del pasado 5 de febrero, Día de la Constitución, fue turnado a la Comisión de Cultura del Senado mismo, el siguiente “punto de acuerdo por el que el Senado de la República reconoce la vida y obra del maestro Héctor Fix Zamudio, y se exhorta a esta Soberanía a realizar un merecido homenaje, mediante un foro virtual, para destacar, reconocer y difundir la obra jurídica de tan insigne mexicano.”

Antes de concluir me gustaría destacar algunos de esos rasgos de su personalidad que son apenas unas pinceladas de un retrato de un hombre de cuerpo entero:

Afabilidad y bondad… siempre estaría disponible para platicar con quien lo buscará, no importaba si era un estudiante o un discípulo, un joven colega o el más consagrado de los investigadores. Con él podía uno platicar de cualquier tema, desde los académicos y jurídicos, hasta los políticos, sin olvidar que tenía gran afición por el cine, la música clásica, las novelas de detectives… Creo que en las lides universitarias no sólo había forjado grandes amistades con Rubén Bonifaz Nuño, Ramón de la Fuente, Clementina Díaz y de Ovando, Víctor Flores Olea, Henrique González Casanova, Miguel León Portilla, Guillermo Soberón Acevedo, entre otros, sino también desarrollado una paciencia y tolerancia a prueba de todo, primero lo escucharía atentamente a uno y luego diría “ya le digo a usted”.

Generosidad… además de estar siempre dispuesto para ofrecer luces sobre mis inquietudes y proyectos de investigación, así como haber aceptado presidir el jurado que evaluaría mi tesis doctoral y formular un extenso voto aprobatorio, en más de una ocasión me vi beneficiado por su recomendación: por su intercesión Cipriano Gómez Lara me invitó a presentar una ponencia en la mesa inaugural del Congreso Mundial de Derecho Procesal, en el cual rendían un homenaje a su maestro, recuerdo que en esa ocasión el maestro no nos pudo acompañar porque en las vísperas del evento falleció doña María Cristina; y, unos cuantos años después, a sabiendas que había escrito un librito sobre otro de sus queridos profesores, me recomendó para ser el editor de las obras completas para El Colegio Nacional, pues me dijo “ya hizo usted todo el trabajo”.

Humildad… siempre diría que él no se veía reflejado por las palabras con las cuales tratábamos de ponerles adjetivos a su obra y adverbios a su vivir, pero estoy seguro de que nadie ha escatimado palabras para describir sus méritos ni mucho menos exagerado en sus virtudes. Para muestra un par de botones, recientemente en la sesión del claustro académico del Instituto, en la cual le rendíamos homenaje, lo caracterizaron como un “hombre impar” y como un “ser inmortal”, por mencionar las que más me quedaron grabadas. 

Gran sentido del humor… igual podría hacer bromas a costa de sus maestros y discípulos, así como de sí mismo. Por un lado, conocedor que comparto una de las pasiones de don Eduardo, me diría: “La filosofía es esa cosa con la cual y sin la cual, uno se queda tal cual”; y, por el otro, al concluir sus Memorias (con la ayuda de Héctor) insistiría que el título debería ser “Memorias de un desmemoriado”. Este buen humor no lo perdió ni con la ceguera e incluso lo acompañó hasta que llegó la hora final de su partida, como él solía decir: “Ya tengo mi pase de abordar, pero nadie me llama”.

Para finalizar no me resta sino reiterar mis condolencias a familiares y amigos, a la comunidad del IIJ-UNAM y a la comunidad jurídica no solamente del país sino además de Iberoamérica, quienes reconocemos en él a una versión moderna del Cid Campeador defensor siempre de las grandes causas como la del constitucionalismo, los derechos humanos, y el estado de derecho.

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