[Nota Editorial: Este artículo será publicado en la siguiente edición de la International Journal of Constitutional Law (I•CON) como parte de la editorial] 

Tarde o temprano, me digo a mí mismo, también nosotros, los editores de revistas científicas y similares, nos tendremos que enfrentar con este problema que ha estado en el centro de la controversia en otras áreas de la vida pública. Recientemente, un colega europeo me pidió consejo sobre una carta que recibió de parte de los editores de una revista de derecho estadounidense editada por estudiantes en la cual le solicitaban eliminar dos referencias a pie de página de Carl Schmitt por a su pasado nazi. 

Antes de empezar, debo aclarar que las reflexiones plasmadas aquí son personales y, debido a la complejidad del tema, no son necesariamente compartidas de manera general o parcial por mis colegas editores de ICON y EJIL. Asimismo, debo agregar que mis razones no son categóricas y considero que un debate (cívico) público sería útil para pensar y desentrañar este asunto. Le recuerdo a nuestros lectores que tanto ICON como EJIL han introducido una nueva rúbrica – “Cartas a lxs Editores” (https://doi.org/10.1093/icon/moab010)-  las cuales serán publicadas en nuestros respectivos blogs y revistas impresas con la debida atención y extensión.  El asunto planteado me parece un ejemplo perfecto en el cual las cartas (de hasta 500 palabras) podrían ser el instrumento adecuado para este tipo de debates. 

En la respuesta a mi colega europeo, lo primero que expresé fue que la postura de cancelar a Schmitt del discurso académico sobre el derecho público y la teoría política era una idea o política que yo no podría apoyar; por lo que le recomendé rechazar la solicitud de los estudiantes editores. Es evidente para cualquiera que tanto EJIL como ICON publican artículos en los cuales se discute o se hace referencia a Schmitt; al fin de cuentas somos  revistas de derecho público, sería extraño que Schmitt no apareciera regularmente. 

Pero, también expresé empatía y simpatía por el sentimiento subyacente y la preocupación de los estudiantes editores de la revista en cuestión. ¿De dónde proviene esta empatía y simpatía? 

Schmitt fue un miembro entusiasta y activo del Partido Nazi. El Kronjurist del Tercer Reich ayudó intelectual y académicamente a hacer «kosher» la infame Ley Habilitante de 1933, la cual consolidó la toma del poder de Hitler del estado alemán. Sí, sus aportes han sido fundamentales para la la teoría política y al derecho público, incluso en algunos temas su contribuciones, más allá de estar de acuerdo o no, podrían considerarse indispensables. Pero su caso no es el de un autor o compositor o director de oquesta o cineasta que, en su vida privada resultó ser racista, misógino o antisemita (hay personas que pueden ser las tres cosas a la vez, conozco a alguna). Esta “galería de pícaros” es larga, especialmente, pero no únicamente, cuanto más miramos hacia el pasado. Si este fuera el parámetro definitivo podríamos bajar la persiana ya, puesto que nos quedaría poco que publicar. 

Schmitt es parte de aquellos cuyas obras, a menudo, muestran afinidad intelectual con la ideología nacionalsocialista, la cual, en algunos aspectos, es parte integral de su trabajo- el Mein Kampf para las personas pensantes. Juzgar a Schmitt a partir de las alabanzas contemporáneas que recibe por parte de sus seguidores tanto de la izquierda como de la derecha, nos hace sospechar que estos escritos les son desconocidos o convenientemente los han olvidado.  

He aquí una breve muestra. En sus escritos sobre democracia y en sus debates con, por ejemplo, Hermann Heller, su insistencia en la «homogeneidad» como requisito previo para la democracia puede parecer bastante inocuo. Por supuesto, después de todo, alguna forma del demos es ontológicamente parte del discurso democrático, pero, ¿cómo debemos entender al demos? El propio Schmitt, en la coyuntura en la que escribió, logró evitar los eufemismos y explicar, sin adornos, las implicaciones de su comprensión de la «homogeneidad». Por lo que, en Die geistesgeschichtliche Lage des heutigen Parlamentarismus (Los fundamentos histórico-espirituales del parlamentarismo en su situación actual) encontramos: “Zur Demokratie gehört also notwendig erstens Homogenität und zweitens—nötigenfalls—die Ausscheidung oder Vernichtung des Heterogenen” [Por tanto, la democracia incluye necesariamente, en primer lugar, la homogeneidad y, en segundo lugar- en caso de ser necesario- la eliminación o aniquilación de lo heterogéneo.] Ni  más ni menos. 

El siguiente paso sigue naturalmente. Haciendo referencia y aprobando, inter alia, la expulsión de la comunidad griega realizada por Turquía, Schmitt legítima lo que hoy conocemos como “limpieza étnica”: “Die politische Kraft einer Demokratie zeigt sich darin, dass sie das Fremde und Ungleiche, die Homogenität Bedrohende zu beseitigen oder fernzuhalten weiß” [El poder político de una democracia se demuestra por el hecho de saber  cómo eliminar o alejar lo distinto y lo diferente].

¿Los “diferentes”? No tenemos que adivinar quiénes estaban en su mente. Considérese el siguiente ejemplo: en 1936 Reichsgruppenwalter Staatsrat Schmitt convocó a líderes del mundo legal a una conferencia para discutir “Das Judentum in der Rechtswissenschaft” [el Judaísmo en la ciencia jurídica]. En el discurso de la ceremonía de clausura, Schmitt no se limíto en su explicación sobre las implicaciones del constructo teórico: la limpieza empíeza de las bibliotecas,  (“Säuberung der Bibliotheken”), pero inebitablemnte sigue con la demonización de sus autores “Der Jude hat zu unserer geistigen Arbeit eine parasitäre, eine taktische und eine händlerische Beziehung” [el judío tiene con nuestro trabajo una relación parasitaria, táctica y comercial]. Como tal, ese elemento heterogéneo particular se define como un «Todfeind» [un enemigo mortal]. Vaya «enemigo». La lógica del discurso final de Schmitt es indiscutiblemente pura. Sus últimas palabras hablan por sí solas: “Was wir suchen und worum wir kämpfen, ist unsere unverfälschte eigene Art, die unversehrte Reinheit unseres deutschen Volkes. “Indem ich mich des Juden erwehre”, sagt unser Führer Adolf Hitler, ‘kämpfe ich für das Werk des Herrn’” [Lo que buscamos y por lo que luchamos es nuestra propia naturaleza no adulterada, la pureza inmaculada de nuestro pueblo alemán. ´Al defenderme del judío’, dice nuestro líder Adolf Hitler, ´lucho por la obra del Señor´.] Así es, al católico excomulgado le encantaba hablar y escribir sobre la «espiritualidad» y el «Señor».

Entonces, ¿cómo puedo conciliar mi desacuerdo con «cancelar» a Schmitt del discurso académico y el profundo sentimiento de repulsión que el hombre y gran parte de su trabajo me provoca? En mi propio trabajo, cuando Schmitt hace una apariencia, siempre busco la manera de recordarle a mis lectores con quién estamos lidiando, por medio de una nota al pie de página o incluso en el cuerpo del texto. Schmitt, notoriamente, animaba a sus colegas a evitar citar a autores judios y cuando era inevitable identificarlos expresamente como tal ¿Habría en cierta medida una especie de justicia poética en evitar citar a Schmitt salvo que sea verdaderamente necesario y cuando sea ineludible identificarlo como nazi?

Se preguntaran por qué Schmitt y no alguno de los otros con una variedad de “pasados oscuros”. Bueno, es que no solo es Schmitt.  Aún así, no hago lo mismo por los otros. Es el clásico problema de trazar líneas. Para mí, Schmitt es un caso “fácil”, ni siquiera cercano a cualquier línea que uno puede llegar a trazar. Y ello por tres razones: primero, por la gravedad de sus fracasos, tanto ideológicos como de acción; segundo, tales fracasos son parte integral de una parte esencial de su trabajo; pero, sobre todo, se debe al hecho de que Schmitt es contemporáneo -y, cuando murió en 1985 fue añorado por una generación entera de pupilos que lo adoraban- que no puede justificarse bajo la excusa de “así era en aquel entonces”. Sin duda, existe la posibilidad de que en 1930 varios de los grandes y prominentes teóricos hayan sido víctimas de la seducción de Schmitt. Y aquí está el problema. Que yo sepa, al igual que su compañero de viaje Martin Heidegger (sobre quien el muy añorado George Steiner fue mordaz en este mismo tema), nunca pronunció una palabra de remordimiento por su pasado nazi hasta su muerte. Errare humanum est, perseverare autem diabolicum. Es la combinación de estos tres factores lo que me impulsa a agregar una placa metafórica a la estatua intelectual de Schmitt recordando al lector quién era el hombre.

JHHW

*Versión en español del artículo original en inglés publicado en ICONnectblog

Cita recomendada: Joseph H.H. Weiler, «¿Borrar a Carl Schmitt?» IberICONnect, 27 de septiembre de 2021. Disponible en: https://www.ibericonnect.blog/2021/09/borrar-a-carl-schmitt/

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