El derecho constitucional comparado tiene un gusto particular por desentrañar las olas constitucionales. Jon Elster, en Forces and Mechanisms in the Constitution-Making Process, identifica siete oleadas desde finales del siglo XVIII hasta finales del siglo XX.  Tom Ginsburg, al examinar la difusión global del control constitucional, señala tres oleadas que llevaron a la configuración actual de control de constitucionalidad en todo el mundo. Doreen Lustig y J.H.H. Weiler, basándose en el texto de Mauro Cappeletti Judicial Review in the Contemporary World, rindieron homenaje a este gran autor explorando los desarrollos recientes del derecho constitucional a través de la «metáfora de las olas». Es una discusión fascinante que conecta los distintos desarrollos históricos transnacionales con sus respectivos diseños constitucionales, como si los factores ambientales y de diseño caminaran de la mano en varios países conectados por algún terreno común. Los estudios comparados han demostrado la correlación entre la difusión geográfica y el cambio constitucional, lo que ha generado una tendencia en países en una misma región a seguir ciertos patrones comunes que podrían enmarcarse como olas (Z. Elkins, T. Ginsburg, and J. Melton 2009, p. 82). También es importante mencionar que los cambios de régimen (Z. Elkins, T. Ginsburg, and J. Melton 2009, p. 137)  y las crisis políticas (J. Elster 1995, p. 364) tienen un fuerte impacto en el cambio constitucional, por lo que las olas que surgen  en el ámbito político pueden provocar olas en el constitucionalismo. En América Latina, esta correlación parece ser bastante fuerte. Pero, ¿lo es realmente? ¿Y qué sucede con los recientes acontecimientos políticos y constitucionales en la región? ¿Podrían enmarcarse en la “metáfora de las olas”?

Uno de los libros más fascinantes sobre el constitucionalismo latinoamericano es La sala de máquinas de la Constitución: Dos siglos de constitucionalismo en América Latina (1810-2010) de Roberto Gargarella.  Es impresionante cómo Gargarella logra conectar las diversas y altamente conflictivas narrativas históricas de la región con el surgimiento del rico -y a veces experimental- constitucionalismo latinoamericano. A pesar de los doscientos años de experimentos, prácticas, crisis, populismos y, -¿por qué no?- éxitos políticos y constitucionales, el constitucionalismo latinoamericano muchas veces ha sido ignorado por los estudios de constitucionalismo comparado. 

La coincidencia de movimientos independentistas a principios del siglo XIX, cuando el constitucionalismo moderno aún estaba en su infancia, impulsó una serie de proyectos y diseños constitucionales sumamente interesantes, sobre todo al tratarse de una región con tantas disparidades sociales y un control oligárquico sobre las instituciones. Es durante la coyuntura provocada por las rebeliones (en muchos casos revoluciones) que los movimientos  radicales, liberales y conservadores comenzaron a negociar entre sí. Es también el momento en que el constitucionalismo latinoamericano replicaron -con ciertas  adaptaciones- algunos diseños políticos y constitucionales de los EEUU, como el presidencialismo, el federalismo y, un poco más tarde, el sistema concreto o difuso de control de constitucionalidad .

Gargarella centra su análisis sobre el constitucionalismo latinoamericano en dos rasgos característicos que cobraron fuerza durante esos doscientos años. La primera característica, inspirada en gran medida por su colega, el profesor argentino Carlos Santiago Nino (1992, pp. 635, 635-51), es que el presidencialismo en América Latina es sinónimo de hiperpresidencialismo y que esto es la “sala de máquinas de la constitución”. La segunda característica, es una fuerte presencia de  derechos económicos y sociales en las constituciones latinoamericanas – sobre todo en las más recientes-, pero que han resultado ser más promisorias que reales. Su tesis es muy interesante y clara: “el sistema institucional tuvo una responsabilidad significativa en la consolidación del sistema político, económico y social, que sigue siendo, después de 200 años de independencia, profundamente desigual” (R. Gargarella, 2014, p.10). La sala de máquinas de la Constitución – y particularmente el hiperpresidencialismo – está íntimamente relacionada con la perseverancia de la desigualdad en la región.

Es una tesis bien fundada y transmite un mensaje inspirador del valor del constitucionalismo latinoamericano. Más importante, coloca la rica historia constitucional de la región en el foco de atención internacional. Sin embargo, naturalmente ha generado algunas controversias. Existe una dificultad en equilibrar la necesidad de brindar una perspectiva más global del constitucionalismo latinoamericano y las diversas narrativas históricas y contextuales que no son fácilmente traducibles a un patrón regional común. De hecho, los diseños constitucionales de la región se han vuelto cada vez más diversos en los últimos años. Los países latinoamericanos han diversificado la forma en que comprenden y manejan  el presidencialismo, los mecanismos de cambio constitucional (reformas y enmiendas) y el papel de los tribunales constitucionales (J.Z. Benvindo, C. Bernal & R. Albert, 2019, pp. 1-18). 

Además, los países latinoamericanos podrían partir de la premisa de que «los ‘orígenes legales’ fungen como determinantes de los resultados contemporáneos« y explorar la posibilidad de crear diseños institucionales propios y distintos entre sí. Si hubo olas -y ciertamente existieron varios impulsos de cambios comunes tanto en el ámbito político como en el constitucional-, su traducción a marcos institucionales similares parece menos pronunciada de lo que podría representar la idea de un único constitucionalismo latinoamericano. Si bien la desigualdad es un terreno común en la región, y de hecho es tanto causa como consecuencia del constitucionalismo latinoamericano, las ramificaciones que resultaron de estas estructuras sociales, anteriormente homólogas en la región, se han vuelto característicamente diversas entre los países. Incluso las olas parecen cada vez menos homogéneas en toda la región.

Desde la perspectiva brasileña, por ejemplo, la figura del hiperpresidencialismo explica únicamente una parte de su historia. Brasil ha sido caracterizado por presidentes fuertes, no obstante su ocurrencia ha dependido en gran medida de cálculos políticos del Poder Ejecutivo con el Congreso y, más recientemente, con la Corte Suprema, ambas instituciones particularmente sólidas. Históricamente, el país no ha manejado correctamente su concepción del presidencialismo, el cual ha denominado presidencialismo de coalición (S. Abranches, 2018, p. 440). No es de extrañar que, a pesar de su razonable capacidad de proveer cierto grado de gobernanza, (A.C. Figueiredo & F. Limongi 2016) haya tenido que lidiar continuamente con serios estancamientos, la fragmentación de los partidos políticos y, más recientemente, la politización difusa del sistema judicial. El parlamentarismo o el semipresidencialismo suelen aparecer constantemente como posibles soluciones para las crisis políticas en Brasil y los juicios políticos presidenciales no son un fenómeno extraño.

Sin embargo, parece que Brasil no está solo en la región. Si miramos lo que ha ocurrido en Perú, donde dos presidentes fueron destituidos en menos de tres años y existe una alta fragmentación de partidos políticos, podríamos argumentar que allí también los presidentes no son tan fuertes y dependen en gran medida de otras variables institucionales como en el caso brasileño. Podría decirse que Perú tiene un sistema político más inestable y un sistema de partidos más frágil que Brasil.  Si bien cualquier comparación debe hacerse con cautela, el punto aquí es simple: los sistemas presidenciales son multidimensionales, por lo que incluso los presidentes presuntamente fuertes pueden debilitarse muy rápidamente. El diseño constitucional solo da cuenta de una parte de la historia y, a veces, no de la más decisiva. Incluso, el presidencialismo fuerte no implica necesariamente una mala noticia para el diseño constitucional. Cheibub, Elkins y Ginsburg (2011, p. 173) dicen que, «prima facie (…) la democracia no es incompatible con una legislación ejecutiva ampliada» y que «el modelo presidencial latinoamericano es uno que debe celebrarse en lugar de condenarse». Más allá de que su posición puede ser criticada, muestra que estamos trabajando en un campo fértil de incertidumbre. Si ampliamos dicho análisis a otras variables -por ejemplo, la fuerza de los tribunales constitucionales, los partidos políticos y los mecanismos de cambio constitucional-, la conclusión sería que los países latinoamericanos han navegado sobre las olas equilibrando estas variables de distinta manera.

Curiosamente, los últimos acontecimientos políticos y constitucionales en la región han vuelto a generar una llamada a la “metáfora de las olas”, como si la región estuviera atravesando movimientos similares que pudieran conducir a nuevos momentos políticos y quizás a nuevos hitos constitucionales. En Brasil, las expectativas de la derrota del presidente Bolsonaro en las elecciones de octubre de 2022 suelen venir acompañadas de algunos debates analíticos sobre el regreso de una «ola de izquierda» en América Latina. Perú, con la apretada victoria de Pedro Castillo, es solo el caso más reciente, pero, antes de eso, Argentina (con Alberto Fernández en 2019) y Bolivia (con Luis Arce en 2020) demostraron que aquellos indicios de una región tendiente a la derecha, como sucedió en Brasil (Bolsonaro en 2018), Argentina (Mauricio Macri, 2015-2019), Chile (Sebastián Piñera en 2018), Colombia (Iván Duque en 2018) y Uruguay (Luis Alberto Lacalle en 2020), pueden ser esfuerzos menos sostenibles de lo que se pensaba. Incluso Chile, con su asombroso avance hacia una nueva asamblea constituyente que ha quedado compuesta  en gran medida por independientes y la izquierda, contribuye a tal percepción. Así mismo, las recientes protestas en Colombia denotan un gran descontento de los ciudadanos con el derechista Iván Duque por el manejo de la crisis por COVID-19 y otros problemas. Por lo tanto, es posible sostener que hay una nueva ola que podría desencadenar en que los brasileños elijan a Lula da Silva, candidato del Partido de los Trabajadores (PT), en las próximas elecciones.

Ahora bien, ¿en qué medida estamos hablando de movimientos similares entre países? Más allá de la desigualdad, que se ha agravado por la pandemia,  algunos analistas señalan la existencia de una crisis estructural en la institucionalización de los partidos políticos como rasgo común de los fracasos presidenciales de América Latina (C.A. Martínez, 2020, p. 1-22), una realidad que se ha hecho visible a través de la creciente polarización en la región (S. Levitsky, 2018, 102-13.). En América Latina, posiblemente Jair Bolsonaro es el ejemplo más ilustrativo sobre la radicalización provocada por la ola anterior que llevó a los opositores -que formaban parte de  partidos políticos sin un anclaje ideológico- a ganar las elecciones presidenciales. Sin embargo, Bolsonaro se ve a sí mismo como un caso atípico en la región. Incluso si Bolsonaro surfeó en esta ola, la realidad es que fue parte de un movimiento distinto que no se identifica con los rasgos particulares de los casos mencionados anteriormente. Sería engañoso ubicarlo entre políticos como Macri, Piñera, Duque o Lacalle. Bolsonaro es parte de una ola internacional de extrema derecha que habitualmente se identifica con Donald Trump o Viktor Orbán, aunque en este caso las comparaciones tampoco resultan sencillas. Todo esto es para decir que las olas también son multidimensionales. El hecho de que Brasil se ubique en América Latina no es razón suficiente para afirmar que el país podría estar navegando hacia la izquierda. Aunque podría ser así, ya que la ola de la “extrema derecha” está enfrentando algunos retos, como el fracaso de Trump y la creciente oposición de Orbán y su  posible derrota el próximo año. O podría ser que ambos escenarios estén concurriendo para impulsar el péndulo ideológico brasileño hacia la izquierda.

América Latina es una región fascinante para explorar las diversas dimensiones del desarrollo político y constitucional. Es la región del mundo que, debido a sus confluencias sociales e históricas, proporciona experiencias particulares para comparar por semejanzas o diferencias (R. Hirschl, 2014. p. 244). Quizá ninguna otra región del mundo comparte tantas historias comunes, combina tantos marcos institucionales similares y simpatiza al mismo grado con los gobiernos presidencialistas.  América Latina es el escenario perfecto para aplicar la “metáfora de las olas” por la sincronicidad de algunos de sus cambios de régimen políticos, sus momentos constitucionales y sus vaivenes políticos. Sus más de doscientos años de constitucionalismo y su “largo -y arduo- camino hacia el igualitarismo”, como señala Gargarella (2014, p.206), deben ser estudiados cuidadosamente, ya que tiene muchas lecciones para el mundo. Sin embargo, sus oleadas parecen ser cada vez menos similares a nivel regional y más conectadas a nivel mundial, incluso al tratarse de avances específicos. La globalización de las olas también puede significar la fragmentación de las propias olas. Esto es, sin duda, un dilema para los estudios comparados que parece estar planteando América Latina.

*Versión en español del artículo original en inglés publicado en ICONnectblog . **Traducción por Irene Parra Prieto 
Cita recomendada: Juliano Zaiden Benvindo , “La “metáfora de las olas” en América Latina: ¿una realidad fragmentada?” IberICONnect, 6 de septiembre de 2021. Disponible en :https://www.ibericonnect.blog/2021/09/la-metafora-de-las-olas-en-america-latina-una-realidad-fragmentada/

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