Este año, diversos constitucionalistas colombianos han escrito artículos largos y cortos, han participado en foros y se han manifestado en redes sociales para celebrar los 30 años de la Constitución de 1991. No es poco lo que hay que celebrar de una Carta Política que encarnó un espacio de esperanza en medio de la complejidad de la violencia y el quiebre institucional colombiano de los años 1980. No solo aparecieron nuevas acciones judiciales e instituciones jurídicas, sino que la Constitución marcó también una nueva sensibilidad hacia el estudio del derecho en el país -lo que algunos denominaron “la revuelta antiformalista”. Esta ampliación del horizonte de los estudios jurídicos inspira este escrito en donde quisiera interrogar nuestra celebración del 91 desde una sensibilidad historiográfica. 

Aunque el derecho constitucional colombiano, incluso desde antes de 1991, ha estudiado el pasado a través de la sucesión de constituciones promulgadas y derogadas, la mirada al ayer no ha sido atravesada, de manera consistente, mediante herramientas historiográficas que permitan preguntarse por el significado de las Constituciones en el tiempo. En otras palabras, existen lecturas sobre el pasado político y la forma como dichos acontecimientos fueron moldeando los cambios constitucionales, pero en la mayoría de los casos es difícil encontrar las reflexiones de la temporalidad, de la contingencia, la contextualización y la causalidad que ocupan a los historiadores. Por ello, en estas líneas celebro la Constitución de 1991 aceptando que el intercambio entre historia y constitución hubiera sido más difícil sin ella; pero, al mismo tiempo, ofrezco algunas herramientas críticas de la historia para expresar algunas dudas sobre el 91 y de sus logros y tareas pendientes. 

Temporalidades traslapadas

Gustavo Zagrebelsky planteó la difícil relación entre tiempo y Constitución. En la historia, el momento revolucionario o constituyente ha sido tradicionalmente impulsado por movilizaciones que  aceleran los tiempos reclamando cambios abruptos e inmediatos y un corte con el pasado. La revolución parece ser una apertura de los tiempos. Pero la Constitución, que muchas veces corona este influjo revolucionario, parece frenar la apertura de los tiempos y expresa una pulsión por congelar o fijar los tiempos: reconoce que hay un momento de quiebre y mediante la positivización de una serie de decisiones o acuerdos pretende terminar la revolución y dar inicio a los nuevos tiempos. Un documento jurídico-político pretende congelar los tiempos e imponer su visión de estos al mundo social. Sin embargo, el mundo social lo compone una pluralidad de actores que, por ejemplo en tiempos de cambio constitucional, interpretan y dan significado a las cartas políticas de forma diversa. La adopción de una Constitución no logra unificar esos procesos históricos que son producto de un entendimiento plural de los tiempos. 

En consecuencia, el 91 colombiano se puede interrogar alrededor de una indagación por los procesos sociopolíticos que se estaban produciendo en el país para los cuales la nueva Constitución fue simplemente un nuevo inicio de los tiempos políticos. Las trayectorias del complejo conflicto armado colombiano parecen ser expresión de procesos sociales que evidencian temporalidades diferentes que se resisten a la idea de interrupción y fundación de nuevos tiempos que algunos discursos alrededor de la Constitución de 1991 pretendieron avanzar. Esta es la pregunta que se hace Martha Bello, investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), en el documental “No hubo tiempo para la tristeza”: ¿por qué se exacerbó el conflicto armado colombiano justo después de haber pactado una Constitución incluyente en 1991? El análisis, por ejemplo, de la consolidación paramilitar desde la década de los 1980 o de la estrategia de guerrilla móvil ofensiva de alcance nacional de las FARC, en contraste con la interpretación del M-19 de que los finales de los 1980 marcaban el inicio de unos tiempos nuevos para luchar desde la democracia y las instituciones, son expresiones de diversos entendimientos de las trayectorias temporales de ciertos grupos, las cuales se enfrentarían (las dos primeras) o se encontrarían (la última) con temporalidad de la Constitución de 1991. Por ello, el informe ¡Basta Ya! Reconoce que “la adopción de la nueva Constitución coexistía con la continuidad de la guerra”. 

Las diversas temporalidades no vinieron solo de actores en armas. La interpretación del significado de la Constitución de 1991 en la trayectoria política de algunos pueblos indígenas muestra que leyeron la Asamblea Constituyente como parte de “un largo proceso de acumulación de fuerzas” producto de “un trabajo gremial acumulado” de muchos años. Igualmente, las mujeres jóvenes que militaban en el partido de izquierda democrática, Unión Patriótica, consideraron que la Asamblea Constituyente era la oportunidad para reorganizar las bases políticas de un movimiento cuyos líderes y militantes estaban siendo cruelmente asesinados desde mediados de la década de los 1980. En esta campaña por la elección a la Asamblea Constituyente las mujeres buscaban erigirse como la cara visible del partido y por ello el 91 representaba una oportunidad de que el partido sobreviviera en el reconocimiento de liderazgos femeninos jóvenes. Grupos armados, pueblos indígenas, izquierda democrática y movilizaciones femeninas confirman las temporalidades traslapadas del 1991 a través de informes de memoria histórica lleva igualmente a un segundo núcleo de cuestiones historiográficas alrededor de la Constitución de 1991. 

Memoria e Historia 

Un segundo lugar historiográfico para interrogar al 91 colombiano se presenta en la interacción entre historia y memoria. Más allá de plantear el debate entre historiadores que disputan si la memoria y la historia son dos ámbitos que están separados o unidos, quisiera concentrarme en la forma como las memorias particulares de ciertas voces académicas autorizadas pueden terminar construyendo una visión hegemónica del pasado. Una vez hacemos evidente esta forma como opera la reconstrucción de la historia podemos entrar a disputarla con narrativas que pluralicen y abran nuevas preguntas. Esta reflexión se ha hecho en Colombia para otros periodos, concretamente para el que se conoce como “La Violencia” (1946-1958), y se ha mostrado que los científicos sociales que estudiaron este periodo combinaron las memorias propias de su experiencia en la época con sus estudios de ciencias sociales hasta producir una imagen homogénea de un periodo que bautizaron “La Violencia”, borrando de los relatos unas iniciativas de paz importantes que se dieron en el periodo. 

Si seguimos esta pista historiográfica podemos preguntar cómo la literatura con la que hemos estudiado en Colombia el proceso constituyente de 1991 es una amalgama de memorias e investigación sociojurídica y política del periodo. En este sentido la pregunta que surge es sobre el lugar desde donde ha sido narrada esa historia de cambio constitucional (por ejemplo, Bogotá y el movimiento estudiantil) e interrogarla abriendo la posibilidad pluralizar relatos que puedan encontrar, entre otras cosas, procesos de larga data que hayan sido olvidados. Las mejores historias del movimiento estudiantil urbano hacen evidente el lugar desde donde narran, pero quizás al llegar al aula de clases los profesores los hemos convertido en hegemónicos, no-situados y atemporales.

Estas narraciones desde el movimiento estudiantil parecen enfatizar la idea de que la Asamblea Constituyente fue una innovación surgida del impulso de los estudiantes. Si bien no quisiera disputar que los estudiantes fueron importantes al plantear esta idea en 1990, también es vale la pena resaltar que al contar la historia/memoria de este modo perdemos de vista que el debate por la Asamblea Constituyente en Colombia es de más larga data. Por ejemplo, podríamos preguntarnos cómo armar una historia colombiana sobre las Asambleas Constitucionales/Constituyentes en la segunda mitad del siglo XX que conecte la propuesta de 1990-91 de los estudiantes con la Asamblea Constitucional de la “Restauración Conservadora” colombiana de la década de los 1950, la fracasada “Pequeña Constituyente” de 1977 a la que se opusieron las fuerzas de izquierda en el país o la que propuso el EPL, guerrilla de inclinación maoísta, en 1984 en medio de las negociaciones de paz. Si somos conscientes de esta confluencia entre memoria e historia en las narrativas que emergen del movimiento estudiantil podemos ampliar las preguntas que esas historias nos están ofreciendo y ganar nuevas comprensiones. 

Creo, en suma, que es importante celebrar los 30 años de la Constitución de 1991 y el movimiento ciudadano que la facilitó. Siento que incluso la aproximación que inspira este texto sería difícil sin ella. Al mismo tiempo, considero que hay un componente de fe que nos une a la defensa de la juridicidad y que para renovar esos votos debemos utilizar estas celebraciones con el fin de abrir o repensar ciertas preguntas y someternos a una serie de dudas que podrían darnos nuevas perspectivas para pensar los problemas del presente. En el movimiento social colombiano ha habido llamados, hasta ahora tímidos, a una reforma constitucional mediante una Asamblea Constituyente. Las dudas que ofrezco en este escrito no solo cuestionan estos llamados, sino que pueden desenmascarar que los momentos constituyentes traen consigo una idea de imponer una temporalidad y reprimir otras. Quizás el triunfo de 1991 fue que no produjo esa represión y es desde allí donde podríamos renovar nuevamente nuestra fe en ella.


Cita recomendada:  Jorge González Jácome, «Temporalidades y memoria: una aproximación historiográfica al ‘91 colombiano», IberICONnect, 30 de noviembre de 2021.https://www.ibericonnect.blog/2021/11/temporalidades-y-memoria-una-aproximacion-historiografica-al-91-colombiano/
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