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En el libro Borges y la criminología traté de demostrar que no se puede comprender la literatura borgeana si se prescinde de la violencia, de los duelos de cuchilleros, de las historias de criminales, las venganzas, ejecuciones y guerras. En la última etapa de su obra él seguía recordando a los malevos, incluso en sus poemas. Su amor por las sagas y eddas escandinavas y la antigua literatura germánica también se inscribe en escenarios de violencia, en historias de vikingos, aventuras y batallas. 

Ahora ¿por qué un espíritu tan fino, “el último delicado” según lo definió el filósofo rumano Emile Cioran, concibe una obra visitada por la violencia y el delito? Porque para Borges la violencia del gaucho perseguido, del hombre traicionado, del privado de toda justicia es la excusa literaria o la forma narrativa que usa para exaltar el coraje y el valor y, de paso, para señalar una mortal crítica a las instituciones de la seguridad o el orden público: la policía, el poder judicial, la cárcel

Horacio González llamó a esta criminalidad borgeana “profunda criminalidad” porque ella es un vehículo al honor, a la justificación de la existencia. En el mismo momento que la sangre se derrama, en el instante en que el crimen se consuma, la verdad se le aparece al autor de ese delito: en ese preciso momento sabe quién es y cuál es su triste destino. 

El crimen como conducto a una verdad o un honor que se ignora, es un pensamiento esencialmente criminológico, propio de una corriente sociológica norteamericana, encabezada por David Matza, pero Borges ya lo había enunciado. Matza, tiempo después, afirma que para recuperar el control de sus vidas los delincuentes juveniles en sus subculturas, “buscan restaurar el ánimo humanista”, y esta restauración conserva la misma paradoja de los personajes marginales borgeanos, en cuanto implica una restauración moral que se alcanza gracias a la violación de una norma. En palabras de Matza que parecen salidas de un relato borgeano: “¡El delincuente retorna al orden moral al cometer un crimen!”.

La otra línea criminológica que se desprende de estos textos de marginales borgeanos se vincula, estrechamente, con la criminología de la clase obrera del criminólogo Jock Young. Para este pensador británico es necesario destacar los “rasgos más robustos y pendencieros del obrero, realizar más estudios sobre las actitudes de los criminales, soldados y marineros, sobre la vida de las tabernas”, pero sin ojo moralizador, sino con la mirada puesta en el fatalismo, la supervivencia y los valores del mundo subterráneo como el goce y la lealtad recíproca. 

Por estos valores Borges recuerda una noche de la literatura argentina, esa desesperada noche -dice- en la que un sargento de la policía rural gritó que no iba a permitir el delito de que se matara a un valiente, y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro. En esta literatura matar a un valiente es un delito aunque se trate del autor de un delito grave.

Ahora, este giro o mecanismo borgeano llega incluso a poner en cuestión el delito mismo. El positivismo criminológico hizo creer que el mal se puede captar a simple vista, que tiene una determinada morfología. Gracias al método empírico de observación, recolección de datos y reproducción fiel de la realidad, este pensamiento está convencido que el mal se puede cuantificar, medir, pronosticar y tocar. La literatura borgeana, en cambio, diluye esta categoría jurídica y criminológica porque no cree que la realidad pueda ser conocida ni reproducida fielmente.  

En oposición a este entusiasmo positivista del hallazgo del mal, la foseta occipital media en el cráneo del viejo bandido Giuseppe Villella, el cromosoma aberrante XYY, o el déficit de inteligencia y la raza negra como causas del delito según el reciente best seller norteamericano, lo primero que hace Borges es dejar a este positivismo sin la materia prima, porque traslada el delito al mundo metafísico, convirtiéndolo en un misterio. 

Dice “La vida es pudorosa como un delito, y no sabemos cuáles son los énfasis para Dios”. Así como no sabemos para qué estamos en este mundo o si estamos para algún propósito en particular, tampoco podemos descifrar el arcano o el enigma delictivo. Tras la muerte de un enemigo en combate, Borges guía a Don Quijote a la conclusión que matar y engendrar son actos divinos o mágicos que trascienden la condición humana.

Es decir el delito como misterio incapaz de ser descifrado; el homicidio en una dimensión divina o mágica. Algo parecido ocurre con otro concepto central del derecho penal y la criminología: el delincuente. Para el positivismo el delincuente es algo así como una sub especie del género humano, es decir, reconocible, palpable, definible, clasificable. Borges, por el contrario, diluye esta categoría jurídica y muestra su carácter abstracto y abstruso, como hizo antes con el delito. Para Borges el concepto de asesinos es una mera generalización, es una categoría producto de la torpeza del lenguaje. De ahí que sostenga que la ficción jurídica el asesino bien puede merecer la pena de muerte, no el desventurado que asesinó.  

De esta última reflexión se desprende otra consecuencia borgeana que es muy importante para el universo punitivo: la crítica a la simetría de los sistemas de imputación penal. Para ser racional un sistema debe ser  coherente y, por lo tanto, debe respetar la simetría. Pero la simetría y el sistema son severamente cuestionados en esta literatura, denunciados por falaces. Borges se lanza a la carga del pensamiento sistemático, incluso en contra de los edificios teóricos de filósofos y científicos alemanes como Leibniz, Kant y Hegel. Son sistemas que se basan en la “buena simetría” antes que en la correspondencia con el universo. 

Además de anarquista en versión spenceriana, Borges era escéptico y agnóstico, por ende, no se identificó con ninguno de los grandes sistemas de pensamientos, ni siquiera con el de su admirado Schopenhauer. No sólo no se identificó sino que mostró desconfianza por cualquier sistema teórico, porque como dijo en una entrevista el pensamiento sistemático “siempre tiende a trampear”.

Esta crítica borgeana a la simetría se la puede extender al tercer elemento central del universo punitivo: la pena por excelencia, la cárcel. Cuando uno piensa en la literatura borgeana piensa, inmediatamente, en laberintos. Cada escritor tiene un símbolo que caracteriza su obra, el laberinto es el borgeano. En el cuento “El inmortal” Borges define su símbolo, el laberinto, como “una casa labrada para confundir a los hombres”. ¿Y qué es la cárcel?  Nadie puede dudar que es una casa en la que se viven algunos años. ¿Fue construida para la confusión? No olvidar el sueño del panóptico de Jeremy Bentham, la simetría radial de los pabellones que convergen en un punto, desde el cual un guardia puede vigilar a todos los presos, sin que estos supieran si estaban siendo vigilados. La panacea del poder: vigilancia sin vigilante, vigilado sin vigilador, vigilancia omnipresente anónima. 

Todo esto es confusión, razón por la cual hay tantas teorías de la pena que conviven felizmente, aunque sean dispares y opuestas. Precisamente porque la confusión carcelaria permite la proliferación de teorías, al punto que cualquiera puede sostener lo que quiera impunemente. La naturaleza de laberinto convierte a estas teorías en meras esperanzas, esperanzas de poder algún día encontrar la salida del laberinto-cárcel.  

A los 85 años, un año antes de morir, Borges asistió al juicio a los nueve ex comandantes que integraron las tres primeras juntas de la última dictadura militar. Tras escuchar durante tres horas el testimonio de un sobreviviente de la ESMA, escribió que mientras escuchaba sintió que estaba en la cárcel, y que lo más terrible es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca; de este o del otro lado de los barrotes siguen estando presos; el encarcelado y el carcelero acaban por ser uno. Por lo tanto, la cárcel es, de hecho, infinita. La sensibilidad del escritor coincide con la más alta criminología.

Razones de espacio me impiden continuar con las posibilidades del anarquismo penal de la literatura borgeana. Termino con una perplejidad y una sugerencia. La obra de Borges ha sido traducida a decenas de idiomas, el detective Sherlock Holmes no deja de ser un best seller, el crimen despierta la atención de los juegos infantiles, televidentes y amantes del cine o Netflix, pero el discurso penal y criminológico no puede acercarse a la gente ni a los políticos. Padece de frigidez intelectual. Con la sensualidad de la literatura borgeana, tal vez, las discusiones penales adquieran la seducción necesaria para su conversión en interés social.

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