La discriminación entre hombres y mujeres es una fenómeno global, trasversal y poliédrico. Un fenómeno que veníamos padeciendo, observando y estudiando en el mundo analógico y que desde ya hace un tiempo ha dado el salto, como casi todo lo demás, al mundo digital, a la esfera online. Esta discriminación entre hombres y mujeres se produce tanto en las redes y plataformas, en la configuración y utilización de los nuevos instrumentos tecnológicos, como en la configuración y, por tanto, resultados o aplicaciones de la inteligencia artificial.  

En estas líneas anunciaré –no hay espacio para más– tres manifestaciones diferentes de la desigualdad entre hombres y mujeres en el plano digital: la brecha digital en el acceso (y uso) a los nuevos instrumentos digitales y tecnológicos, muy especialmente a internet; la diferente visualización y el diferente impacto que tiene la voz de las mujeres en las redes; y, por último, la violencia contra las mujeres a través de lo digital. Son tres manifestaciones diferentes de la citada discriminación, pero no dejan de ser ejemplos claros y cotidianos de esa situación de desigualdad que ya se ha incorporado a la nueva realidad online.

A) Las brechas de acceso y uso 

Es cierto que en los últimos años hemos podido observar cómo internet y los medios tecnológicos, en un sentido amplio, han permitido que la voz de las mujeres tuviera un recorrido mucho mayor, un impacto sin precedentes, y que algunos de los movimientos en defensa de la igualdad entre hombres y mujeres fueran escuchados prácticamente en todo el mundo. Cabe destacar, por ejemplo, el movimiento #metoo, que se extendió como la pólvora por las redes de todo el planeta; las marchas del 8 de marzo tanto España como en otros países del mundo, experiencia reivindicativa compartida y seguida de forma global gracias a las redes. A través de diferentes instrumentos de mensajería electrónica se han podido convocar manifestaciones mayores o menores, pero relevantes, sobre todo, por el sujeto que las protagonizaba la mujer. Hemos podido seguir el protagonismo que tomaron las mujeres durante la primavera árabe, o cómo las mujeres bielorrusas se organizaban a través de telegram para marchar en contra de los abusos de poder de su gobierno, y más recientemente las redes nos permiten ver cómo algunas mujeres afganas resisten y levantan su voz contra la ignominia que supone el restablecimiento del régimen talibán. 

Ahora bien, como decía todo ello no puede esconder la desigualdad que ya campa a sus anchas en la esfera digital. 

La brecha en el acceso al mundo on line es una de las dificultades más significativas en esta nueva realidad. Por ejemplo, en España, los Indicadores de género de la Sociedad Digital elaborados por el ONTSI (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad) señalan que la frecuencia de uso de internet entre hombres y mujeres es similar; en algunos aspectos, incluso puede observarse un mayor acceso de las mujeres. Sin embargo, el hándicap en este terreno se produce porque existe una mayor proporción de mujeres con habilidades tecnológicas bajas y básicas que de hombres, en términos generales, en casi todas las franjas de edad. La excepción la encontramos en las mujeres de 19 a 24 años que poseen mejores habilidades que los hombres. 

No obstante, los datos muestran un sesgo en las temáticas o tipos de actividades a los que hombres y mujeres dedicamos nuestro tiempo en internet: el uso para cuidados del hogar, de personas a nuestro cargo, salud, estudios de los menores son mayores en mujeres que en hombres.  En mi opinión, esta es una constatación de que los roles de género de perpetúan. Esta percepción viene respaldada por el informe “Teletrabajo y Corresponsabilidad” de UGT (Unión General de Trabajadores) donde se señalaba claramente como las diferencias entre hombres y mujeres se han visto acrecentadas durante la COVID y, especialmente, durante los confinamientos. En 2020, el teletrabajo se adoptó en todos los periodos en mayor medida por las mujeres, con más de 2 puntos porcentuales por encima que los hombres, siendo las mujeres entre 35 y 55 las más proclives al teletrabajo. Esta franja de edad no es casual ya que representa a las mujeres con más posibilidad de tener menores (y mayores) a su cargo. 

B) La brecha de visibilidad.

Las mujeres son menos visibles que los hombres en el debate público. Es cierto que en la vida política formal y/o institucional se ha producido una tendencia a la paridad en ciertos sectores debido al compromiso de los actores políticos, sobre todo partidos, o la obligación normativa. En España, por ejemplo, las leyes electorales autonómicas y la Ley orgánica de igualdad entre hombre y mujeres de 2007 han establecido mecanismos correctores tendentes a la representación equilibrada, cuando no a la paridad, en la elección de los cuerpos legislativos. Sin embargo, en los medios de comunicación, las expertas y las creadoras de opinión siguen siendo muchas menos que los hombres. 

Esta quiebra de visibilidad se ha trasladado, como decía, a las redes sociales y plataformas, donde las mujeres participan menos, sobre todo cuando se trata de temas de interés público, y son percibidas como menos influyentes que los hombres. 

Las causas son diversas. Más allá de la personalidad de cada cual, de forma similar a como ocurre con la dedicación a la vida política, estar en redes y participar activamente en ellas tiene unos costes en la vida privada/familiar/profesional de las mujeres mayor que los que tiene para los hombres en términos de sacrificio de tiempo y esfuerzo. Por lo general, se nos achaca a las mujeres una mayor inseguridad, desconfianza, baja autoestima para “competir” con los hombres. Esto puede ser cierto respecto de una parte de mujeres que no cuentan con referentes y que, por tanto, se sienten diferentes y especialmente escrutadas. No obstante, uno de los principales motivos sigue siendo la cooptación masculina: ellos se eligen entre ellos, también en las redes y en mundo online. 

C) La violencia contra las mujeres

La dimensión digital de la violencia contra las mujeres ha sido ya reconocida como una manifestación con perfil propio de violencia machista. Así, por ejemplo, el GREVIO (Grupo de Expertos en la Lucha contra la Violencia contra la Mujer y la Violencia Doméstica del Consejo de Europa, en sus siglas en inglés) ya ha incorporado esta nueva manifestación de la violencia en su agenda. Emplea el término «dimensión digital de la violencia contra las mujeres» para subrayar el hecho de que este comportamiento nocivo se dirige de forma desproporcionada contra las mujeres y niñas y constituye un elemento central de sus experiencias de violencia de género. Se trata de una violencia perpetrada contra las mujeres y las niñas que está arraigada en el mismo contexto de desigualdad de las mujeres y esa sensación de posesión de los hombres que la violencia psicológica, sexual y física que sufren las mujeres y las niñas en el en el mundo real.

La violencia machista contra las mujeres en la esfera digital es más sofisticada, puede ser más intrusiva por su mayor impacto/amplificación y, por lo general, es de más difícil seguimiento. La violencia puede producirse en las redes o a través de dispositivos tecnológicos (localización, utilización de mensajería, hackeo del mail…). Y, como pasa en el mundo analógico, la violencia puede ser entre parejas o exparejas o violencia contra las mujeres en general, como ejercicio de esa creencia consolidada de dominación masculina sobre las mujeres. 

Esta violencia, además, puede suponer una forma distinta de violencia contra las mujeres o una forma complementaria, por ejemplo, cuando esta es ejercida por la pareja o expareja (el hombre puede maltratar psicológicamente su mujer y, además, controlar su posición a través de la colocación de un localizador en su móvil). 

Las redes, además, han propiciado que la violencia dirigida contra mujeres con las que no se tiene ninguna relación crezca y, muy especialmente, contra mujeres que participan en el debate público activamente, como políticas y periodistas. Estos ataques, más o menos intensos, pretenden, explicaba Paz Lloria en este mismo espacio, expulsar a la mujer de la red social por la “inconveniencia” de sus manifestaciones, lo que puede llegar a producirse si los ataques son masivos; pretenden dominar y controlar, producir la muerte digital de la mujer afectada, que o bien desaparece totalmente del entorno virtual o bien se ve condenada al anonimato perdiendo proyección social. 

Según el Informe #Toxictwitter publicado de Amnistía Internacional el 7,1% de los tuits enviados a las mujeres del estudio eran ofensivos o problemáticos. Eso supone 1.100.000 tuits en todo el año donde se menciona a 778 mujeres, o un tuit cada 30 segundos. El número de ataques dirigidos contra mujeres negras era desproporcionado: 84% más de probabilidades que las mujeres blancas de ser mencionadas en tuits ofensivos o problemáticos. Uno de cada 10 tuits dirigidos a mujeres negras era abusivo o problemático, frente a uno de cada 15 en el caso de las mujeres blancas. Las mujeres de color (negras, asiáticas, latinas y de raza mixta) tenían el 34% más de probabilidades que las mujeres blancas de ser mencionadas en tuits ofensivos o problemáticos. Merece la pena destacar que las conductas abusivas online contra las mujeres se dan en todo el espectro político, esto es, no importa la ideología a la que representen.


Cita recomendada:  Argelia Queralt Jiménez, El mundo digital: un nuevo ámbito de discriminación entre hombres y mujeres” IberICONnect, 18 de febrero de 2022. Disponible en: https://www.ibericonnect.blog/2022/02/el-mundo-digital-un-nuevo-ambito-de-discriminacion-entre-hombres-y-mujeres/

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