La masculinidad como dispositivo de poder: entre la manosfera y los hombres nuevos. Octavio Salazar Benítez, Ediciones Universidad de Salamanca, Salamanca. ISBN: 9788410911185. 2025, 170 pp.
Lucas, mi hijo, a sus catorce años, un día cualquiera, durante la cena cenar:“Mamá, ¿tú crees que es varonil conducir a alta velocidad?”
El contexto que nos ofrece Salazar en su obra es el de una reacción conservadora que ha convertido las políticas de igualdad de género en blanco de ataque y que se nutre de una red transnacional de apoyos y financiación. La acción transcurre en un mundo en el que la crisis climática, la precariedad laboral, la desigualdad creciente, la mercantilización del ser humano y los problemas de salud mental contribuyen a un clima de miedo y resentimiento, a la pérdida de solidaridad y empatía. El “capitalismo de pantalla” y su fomento del narcisismo y de las lógicas conflictuales que dictan los algoritmos son parte de la ecuación. El resultado, unas democracias amenazadas y unas jóvenes generaciones (ellos más que ellas, pero ellas también) entre las que se expanden las creencias de la extrema derecha y un antifeminismo que campa a sus anchas en redes sociales exentas de rigor informativo.
En este contexto, se pregunta la obra de Salazar por cómo hay que entender la masculinidad hegemónica subyacente al modelo en quiebra y nos describe una masculinidad prepotente y depredadora que, en tanto que cultura o megaestructura, se despliega en todos los ámbitos. En la sexualidad, donde masculinidad se hace sinónimo de dominación y humillación para ofrecernos un mercado cultural pornificado que nos presenta la masculinidad como potencia sexual reproductivamente irresponsable. Una masculinidad que nutre una industria del sexo cínicamente asentada en la ficción del consentimiento y se convierte en perverso mecanismo de educación sexual esencial para conformar ese “sujeto económico-sexual” que en redes sociales sabe diferenciar entre “sujetos deseables y no deseables”, dentro de una establecida “jerarquía de cuerpos e identidades”. En el trabajo y el mercado, donde, pese a la incorporación del sujeto femenino, se sigue reproduciendo la sexuada lógica de la separación de esferas que deliberadamente ignora la dinámica extractiva de cuidados de nuestro desenfrenado capitalismo y la ficción de la dicotomía entre trabajo productivo y reproductivo en que el mismo se asienta. Un mercado con una “gramática masculina” y unos “sujetos ensimismados en productividad y competición […] animados por el señuelo del emprendimiento [reproduciendo] fielmente los mandatos clásicos de la masculinidad: asertividad, fuerza, agresividad y ambición”. En la política y en los modelos de liderazgo de partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales y profesionales, instituciones educativas, medios de comunicación y todo tipo de asociaciones y colectivos, con especial énfasis en las universidades. Todos, nos recuerda Salazar, y más allá de las incipientes y aún frágiles conquistas de las políticas de presencia siguen reproduciendo patrones androcéntricos y amparando dinámicas jerárquicas y patriarcales y no dejarán de hacerlo hasta que, más allá de la presencia numérica, estemos en condiciones de analizar de forma crítica, “voz, autoridad, organización de formas, espacios y tiempos”.
Si la respuesta pasa necesariamente por el desaprendizaje de esta masculinidad tradicional, Salazar nos recuerda que nuestro sistema jurídico-constitucional tiene serias limitaciones para marcar la senda. En parte porque la cultura patriarcal también marcó nuestra cultural constitucional siendo así que el contrato social en la base de la modernidad es también un contrato sexual, un pacto fraternal entre varones, de espaldas a la dimensión relacional e interdependiente del ser humano, que reforzó las tesis de las esferas separadas. A su servicio, contemplamos el desarrollo de un débil derecho antidiscriminatorio, formalista y deudor de lectura liberal y androcéntrica, incapaz de cuestionar las lógicas alienantes del extractivismo capitalista y del sexismo a su servicio. Fracasamos en la incorporación de la interseccionalidad que, entre otras, nos serviría para reflejar masculinidades en plural. Para abordar la lacra de las violencias machistas, auténtico régimen disciplinario del modelo patriarcal, en vez de enfrentar el problema, que es de cultura, de forma estructural y priorizando la educación, nos dejamos llevar por el canto de las sirenas del punitivismo in crescendo, punitivismo del que, aunque sea tabú reconocerlo en el sector progresista e incluso de estudiarlo en profundidad, se aprovechan indebidamente unas cuantas, en perjuicio tanto de unos cuantos como de todas ellas, cuya credibilidad se ve por ello afectada, y sobre todo, de las verdaderas víctimas para las que la vida les va precisamente en esa credibilidad. Una deriva punitivista que nutre discursos victimistas de muchos varones al mismo tiempo que pone de manifiesto las limitaciones de la justicia penal para atender y acompañar a las víctimas priorizando sus necesidades de reparación. Mientras, deplora Salazar, nuestras políticas de igualdad dirigidas a los hombres siguen siendo pobres, siguen esquivando la necesidad de trabajar con hombres como “socios activos” o “modelos positivos”, y fracasan totalmente a la hora de combatir los estereotipos que impiden a los hombres solicitar ayuda cuando son víctimas de violencia y de abordar las desigualdades de género que les afectan de forma específica.
Si el diagnóstico es sutil y certero, por lo profundo y sistémico del análisis, en mi opinión, el pronóstico justifica aún más la lectura de esta pequeña gran obra. Son tiempos para la utopía, y la utopía no pasa por seguir parcheando, añadiendo, afinando, sino por un replanteamiento global, por pensar en grande, por atreverse a reconstruir el mundo, abordando no solo conciencias sino también estructuras, instituciones y prácticas, desde la audacia y la imaginación. Ante la ocupación progresiva de los espacios de miedo e incertidumbre por propuestas reactivas y melancólicas, Salazar nos conmina a “vislumbrar un horizonte colectivo, tejiendo alianzas entre quienes son víctimas de distintas opresiones y generando una acción política cuya clave sean los objetivos comunes y no las identidades en pugna”. Ha llegado el momento de reconocer sin ambages que el sujeto de referencia sobre el que se construye la subjetividad y que está en la base del constitucionalismo moderno se identifica con la parcialidad masculina hegemónica que se constituye así en paradigma de lo “humano”, dando pie a un falso universalismo y normalizando una racionalidad androcéntrica. Frente a ello, es hora de reivindicar la autonomía relacional, mostrando las estrecheces y las costuras de ese sujeto racional/no emocional, desvinculado, incorpóreo que no es sino una ficción de lo humano y que ha permitido ocultar social y políticamente la medida en la que nos nutrimos no tanto del éxito y la creatividad individual, la riqueza, la productividad, la posición social y profesional, sino de los vínculos, la pertenencia a una comunidad, los cuidados y la estabilidad emocional que nos proporcionan. Al servicio de esta finalidad y con la mirada puesta en la superación tanto del androcentrismo y como del antropocentrismo del sistema actual, habría que diseñar las nuevas políticas económicas, laborales y fiscales y superar un modelo que fomenta la cultura del esfuerzo y de la autoexplotación para conformar “vidas-trabajo” que nos atomizan y aíslan cada vez más, en unos “cuerpos sometidos, disciplinados y permanentemente disponibles”. Se trata, en definitiva, de un proyecto “que no está dirigido a alumbrar nuevas masculinidades sino otro proyecto civilizatorio.” Uno capaz de superar las dinámicas de opresión que genera la intersección entre capitalismo y patriarcado y que depende de una transformación ética, desde la que habría que replantear la educación -también la afectiva y sexual- y los modos normalizados de pensar y de enseñar, poniendo en el centro la compasión y la empatía y partiendo de la aceptación de nuestra naturaleza como seres frágiles, incompletos, imperfectos e interdependientes.
Es desde esta visión más amplia desde la que Salazar aborda el creciente pensamiento, debate y prácticas en torno a las “nuevas masculinidades.” Lo hace desde una mirada severa que pone de relieve cómo el discurso de las “nuevas masculinidades” se está convirtiendo en un nuevo nicho de mercado habitado por “padres atractivos y cuidadores en portadas futbolistas con bolso de fiesta, o actores y cantantes que cambian pantalón por falda”. Por no hablar de la hipocresía de los hombres con discursos políticamente correctos -el mundo político en todo su espectro ofrece deplorables ejemplos a diario-, pero sin intención alguna de cuestionar sus privilegios. Prolifera el discurso facilón del “todos saldríamos ganando” que al final acaba en autoreferencialidad y alimento de un narcisismo que reclama más atención para la “masculinidad dañada” que para la dañina. Predominan igualmente enfoques individualistas en torno a la superación personal, la “mística de las nuevas paternidades” y la “épica de los hombres buenos” que acaban en la autocomplacencia de unos pocos hombres feministas, con o sin rentabilidades asociadas, mientras las estructuras y relaciones jerárquicas siguen sustentando lo público y lo privado. En definitiva, defiende el autor, toca abordar la cuestión como cuestión política, no solo ética. El horizonte utópico sería el de un mundo sin género, más que el de uno en el que los géneros se multipliquen o redefinan de acuerdo con un sinfín de apelativos como los que en estos últimos años han tratado de definir la esperanzada y proyectada masculinidad, “igualitaria, antipatriarcal, profeminista, disidente, híbrida…”.
Comparto con el autor el aliciente de un horizonte ajeno a un sistema sexo-genérico que constriñe destinos y apuntala jerarquías y formas de dominación. Y sin embargo dudo de que la superación de la identidad de género sea una meta realista, ni siquiera sé si deseable, y por ello invito a quien lea la obra de Salazar a completar el diagnóstico y el pronóstico que nos ofrece con la obra de Richard Reeves Of Boys and Men: Why the Modern Male is Struggling, why it Matters and What to do About it (Swift Press, 2022) en la que cuestiona que el género se pueda reducir a un constructo socio-cultural, ajeno a todo rasgo biológico, y, por tanto, algo que se pueda deconstruir enteramente, sin que ello implique caer en esencialismos reductivos ni validar falsas equidistancias.
Ya Salazar advierte de los peligros de un discurso simplista que ignore que, en un sistema de opresiones múltiples y cruzadas, muchos varones también experimentan la opresión (la obra de Reeves lo ejemplifica de forma extraordinaria con los ejes de raza y la clase), y por ello es contraproducente definir la masculinidad en cuanto tal como privilegio y simplista dividir el mundo en dos extremos, las mujeres víctimas y los hombres agresores. El hombre moderno está en crisis y reconocerlo debe ser el punto de partida, nos dice Reeves, que centra su libro en datos de EEUU (aunque algunos se refieren también al Reino Unido y a países europeos), y en los hombres heterosexuales y cisgénero que, a fin de cuentas, siguen representando aproximadamente el 95% de la totalidad. La diferencia se ve en términos de resultados educativos, de merma progresiva de nivel salarial y en indicadores de salud mental, número de suicidios y abuso de sustancias. En esencia, explica Reeves en busca de explicación, mientras que el rol de la mujer se ha ampliado y ahora incluye el de ganadora de sustento familiar que compagina con el de cuidadora, el de los hombres no se ha expandido en igual medida. Entre otras, tanto a nivel cultural como de políticas, seguimos anclados en un modelo obsoleto de paternidad que ya no acompaña a la realidad económica de la independencia de la mujer. Ello se traduce en que los hombres están dejando de poder cumplir sus roles tradicionales sin poder desarrollar otros.
Sin embargo, no se dan las condiciones para poder abordar estas realidades y la responsabilidad sería compartida y aquí viene la provocación. Para Reeves, el feminismo ha puesto demasiado énfasis en superar la falacia naturalista de que todo lo natural es bueno y es la naturaleza, más que la sociedad o la cultura, la que determina los roles de género. Este exceso de énfasis está impidiendo que se dé un debido reconocimiento de las diferencias que sí existen entre los sexos y que no están determinadas por la cultura sino por la biología y la evolución. Entre ellas, la mayor proclividad del hombre a la agresividad vinculada a los niveles de testosterona; su menor aversión al riesgo o su mayor proclividad sexual, rasgos estos dos últimos vinculados a la mayor competitividad procreativa entre los machos de todas las especies. Al final, nos recuerda el autor, el comportamiento humano no deja de ser el resultado de una combinación entre lo determinado por la naturaleza y nuestros instintos moldeados por la biología, la cultura y nuestra agencia individual. Todo cuenta y casi nadie lo tiene debidamente en cuenta. El sector progresista se niega a aceptar que pueda haber desigualdades que afectan y perjudican a hombres, y no solo a mujeres (por mucho que las más graves sigan cebándose en ellas de forma desproporcionada), y atribuye demasiado fácilmente todos los problemas que afectan al sexo masculino a la llamada “masculinidad tóxica”, patologizando los rasgos masculinos y negándose a ver que hay algo más que fracasos individuales en juego y que es necesario reconocer la dimensión estructural del problema. A su vez, el ala conservadora se muestra más sensible a los problemas que afectan de forma especial a niños y hombres, pero solo para justificar la necesidad de volver la mirada hacia atrás y recuperar obsoletos roles de género y de masculinidad dominante.
Seguimos a la espera de una visión socialmente positiva de la masculinidad (que vaya más allá de la solidaridad con el feminismo) pero que sea compatible con la igualdad de género. Carecemos de propuestas y políticas que aborden los problemas de ellos. Es preocupante que el término masculinidad se use cada vez más de forma exclusivamente negativa, como masculinidad tóxica. Y sin embargo, la tarea es urgente porque los estudios nos dicen que la identidad de género importa y que el 43% de los hombres afirman que su género es extremadamente importante para su identidad y el 46% afirma que es muy importante o bastante importante que los otros los perciban como masculinos. El problema además es que, como efectivamente hay problemas reales que competen a muchos niños y hombres y están necesitados de solución, si el sector progresista los ignora, la derecha encuentra ahí su nicho de actuación. Sabemos que gran parte del sector conservador y casi por definición la extrema derecha airea los agravios de los hombres, tanto los que tienen fundamento como los que no, con fines políticos y que lo hacen para generar rabia y descontento, esas emociones, que no razones, que engordan sus filas. Sabemos también, nos dice Reeves, que lo que no hacen estos sectores es aportar soluciones adecuadas. Parten de sus propios errores, como otorgarle una importancia esta vez excesiva al factor biológico a la hora de explicar las diferencias entre ambos sexos. Y sobre todo el error de volver la mirada hacia el pasado en vez de hacia el futuro a la hora de plantear soluciones apelando para ello a la noción de la familia tradicional y a teorías conspiranoicas que ocultan la realidad de que detrás de la crisis de masculinidad lo que hay son cambios estructurales en la economía y en la cultura, y no una intención deliberada de someter al hombre o un ánimo de revanchismo.
Es la incapacidad de superar este impasse político a la hora de abordar seriamente la cuestión, lo que hace que muchos hombres perdidos acaben encontrando refugio en esa manosfera habitada por hombres que ofrecen el celibato, la misoginia y hasta el separatismo total con respecto al sexo opuesto como forma de resistencia, de la que también nos habla Salazar. En este mundo virtual de hombres cabreados, un mundo que nutren voceros de argumentos pseudo-científicos, los debates sobre algunos de los problemas reales que afectan a niños y hombres, como los relacionados con ciertas dinámicas escolares, el sobrediagnóstico de hiperactividad y déficit de atención en los niños o las tasas de suicidio, conviven con corrientes de pensamientos y propuestas netamente misóginas. Y es en este mar de confusión y desorientación en el que proliferan los populismos antigénero al son de las dinámicas centrífugas de las guerras culturales y con planteamientos de juego de suma cero que no parecen acercarnos a la verdadera solución.
“Lucas, hijo mío, lo varonil, lo que es propio de hombres y de mujeres, es en gran parte una construcción social y cultural que nos reduce a estereotipos. Seguro que hay mujeres que adoran la conducción veloz tanto como los hombres”
(hasta aquí hubiera llegado mi respuesta hasta hace poco).
Ahora añado:
“Dicho esto, por lo que sé, es plausible que haya rasgos en los hombres que los hagan más proclives a la asunción de riesgos y por lo tanto a conducir velozmente. De lo que debes asegurarte es de que jamás pongas tu vida y mucho menos la de quien te acompañe en peligro con una conducción arriesgada y de que tus acompañantes, sean quienes sean, sientan siempre comodidad con tu conducción. Pregunta mejor, no asumas que es así.”